Punto de vista: Aletheia

La revelación de Melany Pet sobre su participación en la purificación
de un hombre llamado Gabriel, me había descolocado. Tendría que
investigar y, aunque sospechaba que no era más que una nefasta
coincidencia, no podía dejarlo pasar por alto.
Llegué al club y me fui a mi habitación. Dejé el arma sobre la cama,
me quité la gorra y solté mi melena.
Murmuras con acento catalán, “¿otra vez tendrás que teñirte el
cabello, Aletheia?”
Niegas con la cabeza
Murmuras con acento catalán, “espero que no”
Me desnudé y me metí en la ducha. Mientras el agua me golpeaba la
piel, recordé la mirada de Ives.
Murmuras con acento catalán, “cuanta ira contenida; y cuanta pasión
escondida al mismo tiempo. Demasiados sentimientos, grandulón”
Suspiré profundo y salí de la ducha. Me envolví en una toalla y
comencé a cepillarme la melena. Sentada en la cama, el reflejo del
arma me hizo pensar que, si quería estar lista, no podía cargarla en
un bolsillo; necesitaba una buena funda.
Me levanté y encendí los ordenadores.
Conectando a VPNServer…
Accediendo a UndergroundNet…
Accediendo a HackNet… autenticando… Acceso autorizado
Aletheia piensa para sí, Busquemos una buena funda IWB con su cinturón.
Sabía dónde buscar, Gabriel había compartido conmigo tantas enseñanzas.
Realicé la transacción y dejé indicaciones para que el paquete me
llegase a la oficina de correos.
Recordé que tenía pendiente los datos biométricos de Ives y Lilu, así
que me puse manos a la obra.
Comencé con la huella de Ives. Transferí del móvil al ordenador y
comencé a trabajar.
Activando IdFinger SDK
Iniciando reconocimiento dactilológico…
En unos pocos segundos, podía observar en la pantalla del ordenador el
Filtro adaptivo de imágenes, que había eliminado los ruidos, rupturas
y bloqueos de crestas para una extracción confiable de las minucias,
aunque la fotografía ofrecía una imagen de baja calidad.
Del lado izquierdo de la ventana, podía observar la imagen inicial de
una la huella plana, y del lado derecho, la misma imagen después de
filtrar y procesar el ruido; con la posición y dirección de las
minucias marcadas con líneas y círculos rojos.
Una sonrisa se dibujó en mi cara.
A partir de allí, indiqué a la aplicación que generase el patrón de
reconocimiento para finalmente tener como salida, un dato biométrico
de bastante calidad.
Repetí el proceso para la huella de Lilu. Una vez procesadas ambas
huellas las dejé junto a los datos de Melany. Más tarde me pondría a
hurgar en el registro de defunciones para crearles unas identidades
falsas temporales. De esa forma si acaso había algún imprevisto,
tardarían un poco en saber a quienes pertenecían en realidad esas
huellas.
No tenía la intención de equivocarme, pero, mejor prevenir que
lamentar. Aunque si llegase a ser cierto que esa chiquilla es
culpable, no iba a lamentar demasiado que termine ardiendo en las
llamas del infierno.
Observé el reloj, eran las doce menos cuarto. Cerré y apagué los
ordenadores. Me vestí, me trencé el cabello y me puse la gorra,
intentando que todo el cabello me quedase dentro de la misma, aunque
sin mucho éxito, pues unos mechones rebeldes se ondulaban y me
enmarcaban el rostro. Cogí las gafas, la capucha negra y la cámara de
vigilancia.
Salí de la habitación sigilosa. Dirigiéndome a las escaleras, observé
por el rabillo del ojo; no había nadie en recepción.
—quiere decir que lo de la otra noche lo tomaron en realidad como una
simple intoxicación —pensé, mientras me dirigía a la tercera planta
donde se hallaba la zona administrativa.
Tal como hiciese en el sótano, coloqué la antena en el cajetín de las
luces de emergencia. Por fortuna aquí no necesité de una escalera.
Después observé el pasillo y me fijé en donde había tomacorrientes que
pudiese utilizar.
Para mi fortuna, diagonal a la puerta y la escalera había uno y,
además, me ofrecía el ángulo perfecto para capturar tanto la puerta
como la escalera y que nadie se sintiese tentado a curiosear. Me di
toda la prisa que pude, coloqué la cámara, conecté el cable y la
encendí. Bajé al segundo piso, justo cuando el guardia intentaba subir
para hacer su ronda respectiva.
Me ajusté la gorra y la capucha con coquetería.
—¿Qué hace usted allí arriba? —inquirió una voz gruesa con acento
madrileño—. Esta zona está restringida.
Asentí con la cabeza y bajé por instinto la mirada, lo que el hombre
entendió como sumisión.
—Es… es… es… —fingí tartamudear—. Estoy buscando trabajo y me dijeron
que la dueña estaría aquí arriba, pero no hay nadie. Toqué la puerta y
nadie salió.
El hombre negó con fastidio.
—La señorita no se encuentra en este momento —dijo despectivo—.
Tendrás que volver más tarde, si es que en realidad te interesa
trabajar en este lugar. Ahora márchate, no puedes estar aquí.
Asentí a toda velocidad y bajé corriendo las escaleras hasta la planta
principal.
Entré en uno de los servicios, me quité la capucha, pero me dejé la
gorra y me puse las gafas. Respiré profundo y salí con calma.
Tenía que pasar por la oficina de correos y hacer algunas compras
necesarias. De paso, quizá hablaría con Gilbert.
Ese cambio de actitud por su parte no me convencía para nada.

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