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Este relato tiene referencias a lenguaje explícito el cual puede ser no apto para menores de edad.

Punto de vista: Dieguito

Me aburría. Podía tocar la guitarra, pero una fuerza superior a mí me lo impedía, algo me decía que donde siguiera roqueando, me localizaría un soldado y me fusilaría aún en contra de lo que hiciera mi viejo. Por hacer algo más silencioso, en una especie de diario que estaba escribiendo y tenía conmigo decidí hacer un chusmerío general, y tal vez escribir algo sobre la guerra. Sobre esta misma situación. De repente me acordé de Gabriela, una prostituta y chorra de lujo que llegó de Brasil para cagarme la vida. Estaba ella presente en mi cabeza, en esos momentos. Sentía otra vez su oscura presencia, poderosa, manipuladora, sobre mí, sobre Madrid, entre los militares y hasta entre los evita. Podía escuchar su sensual voz gritando mi nombre, podía visualizarla con una pistola en mano dispuesta a matarme. Me atacaban pensamientos así de repente, así que para desahogar decidí escribir lo que viví con ella.

Hace 3 años, yo vivía allá en Buenos Aires. Tenía una novia, se llamaba Soledad. Era una negra colombiana. Nuestra relación era liveral. Yo vivía solo en un departamentito, y ella pasaba a visitarme cada tanto.
Un día de esos me desperté. Compré el periódico local, encontré un anuncio en su respectiva sección. Era una prostituta de lujo, de origen brasileño, llamada Gabriela. Estaba sexualmente bien armada. Vi su foto, y tal vez la sensualidad que desprendía, o tal vez lo que tenía que enterarme después me atrajo como un imán. Cobraba 100 pesos un polvo completo, 200 una noche completa en su casa, un lujoso departamento que hacía las veces de burdel, ya que era ahí a donde traía a sus clientes a follar.
Yo, como el boludo que era, no lo dudé y la llamé. Encantada no tardó en citarme. Lo que ponía en el anuncio más sus fotos eran algo que no podía perderme.
Fui a su casa. Un departamento muy lujoso lleno de fotos y tapices de personas con mujeres muy similares a ella misma en diferentes posturas. El aroma que desprendía el ambiente era embriagador. Me ofreció un vino aprovisíaco, directamente traído de la amazonía. Ella hablaba con una voz muy sensual de locutora, mezclando un portugués con un español, de manera que a veces no podía entenderle. De todos modos nos comunicábamos a través de miradas, toques, tragos y puchos.
Pero yo en ese tiempo aún fumaba muchísimo. Ella me ofreció algo nuevo para mí, un porro con algo que ella llamaba “Yerba Amazónica”. Ignoraba, fumando como el gil que era, que ese cigarrillo encerraba un oscuro poder sobre ella, una oscura debilidad para mí.
Yo estaba sin control, volado gracias a la Yerba Amazónica. Toda ella me ponía. No era ninguna boluda, al contrario. Esa primera vez no tardó en llevarme de patitas a una gran cama, de sábanas muy limpitas y con un aroma muy sugerente. Allí me desnudó. Me entregó sus labios, sus pechos voluptuosos, su sexo bien depilado. Su piel, su carne, toda ella.
No paraba de hablar. Mientras hablaba, sentía que ella de repente no estaba conmigo. Estaba en otro mundo, me hablaba tal vez como en un lejano sueño, o en una pesadilla. Yo aún lo ignoraba. Volado como estaba me dejé llevar por todo su cuerpo, por sus gemidos de placer, su voz excitada, su mirada penetrante. Yo también sentía un inmenso placer. Recuerdo aquellos orgasmos violentos que me sacaba. Yo no sabía cómo, pero al día siguiente me encontré en mi casa al despertar. Estaba en el sofá, tirado, con una gran resaca. No tenía la villetera conmigo. No tenía un puto peso. No tenía el celular. La puerta de mi casa estaba sin llave. Sin duda ella, tan sensual y buena voladora con su Yerba Amazónica, había logrado entrar y robármelo todo.
Me enfermé. No podía comer. Todo lo bomitaba. Me daba vueltas la cabeza. Recuerdo que mi mamá entró a mi casa, me preparó un caldo que según ella me calmaría. Mi mamá me rompía las pelotas constantemente. Entonces comenzaron mis pesadillas reales, cotidianas.
Llamaron a la puerta. ¿Quien era? Rita, una pesada que me había tratado de elegir mi mamá para que me casara con ella. Rita, una gorda fea que intentaba de todas maneras hacerme su novio y luego su esposo, porque así lo quería mi mamá. Después de un ppoco de discusión con ella, le cerré la puerta en la cara, mandándola a donde debería estar.
Gabriela no tardó en presentarse. Vaya a saberse cómo, entró a mi casa, abriendo con una llave idéntica a la mía. Sin duda aprovechó para hacerme una copia. Yo estaba tirado en el sofá, sin fuerzas ni para mí. Y ahí estaba ella, quien llegó hasta a mí, con un tentador porro de Yerba Amazónica que me ofrecía muy amorosa. Ella, tan provocativa, diciéndome “Papito, 500 euros y esta noche es toda nuestra”, ella tocándome, erizándome.
Yo no tenía fuerzas ni para darme cuenta de mi situación. La dejé hacer. Y así volvió a meterme mano, a robarme más plata. Yo no me daba cuenta, o en todo caso no me importaba.
Desperté poco después y estaba en su casa, en su cama. Ella delante mío, con sus voluminosos pechos gimiendo, pidiéndome. Ahí estaba, de piernas aviertas. Yo sentía el sabor perfecto de la Yerba amazónica. La follé, la hice gemir. No podía volver a mi cuerpo, a Diego.
Desperté otro rato después. Estaba solo en el sofá de mi casa. No había sido un sueño. Podía oler a Yerba Amazónica, oler el perfecto perfume de Gabriela. De hecho podía ver una oscura sombra moviéndose en mi casa. Pero la llegada de Gabriela me arruinó el amor. Esa tarde, estando yo enfermo y destrozado, llegó Soledad, mi negra colombiana con su peor cara de orto, de nena mala. Abrió sin dificultad, pues estaba la puerta sin llave. Entró echa una furia y me increpó.
-Diego, la puta que te parió, ¿se puede saber qué mierda hacías con esa brasilera?
Gritaba fuerte, furiosa, me daba miedo. No podía reaccionar.
-Yo no estuve con nadie… alcancé a murmurar a media voz.
-¿Con nadie? -gritó más histérica dirigiéndose a mí con su peor gesto amenazante. -No me mientas, que ya lo sé todo.
Fue un penoso enfrentamiento del que mi mamá fue testigo. Terrminó en que se fue furiosa de mi casa. Yo me quedé llorando, destrozado, solo, sintiendo que mi vida era una completa mierda y todo por culpa de Gabriela, que consiguió todo su poder sobre mí.
Desde esa noche comenzaron mis pesadillas. Soñaba con Gabriela. Donde quiera que fuera, me la cruzaba y sin darme oportunidad a mirarla, me secuestraba y me llevaba a un lugar muy oscuro a follar, a fumar Yerba amazónica, a tomar su vino de la Amazonía y a robarme hasta la vida. Enuna pesadilla incluso estaba con una pistola. Me amenazaba con que, si me resistía a follarla, me asesinaba ahí mismo.
De todas esas pesadillas despertaba llorando, sudoroso, enfermo, con ganas de asesinar a mi mamá, pues seguía llendo a casa fingiendo una preocupación que no sentía.
Mis pesadillas, más o menos, comenzaron a hacerse realidad. Debía caminar desde ahora con mucho cuidado por la calle. Me juntaba con ciertos amigos, me juntaba a tocar, y por supuesto estando luego en mi propia casa, ella de una manera que jamás supe cómo, me cruzaba. Insistente, me prometía todas las delicias, me pedía plata, cada vez más, y me robaba si no le daba. Si me quedaba sin efectivo, ella se ponía histérica, me empezaba a golpear y, si su aparición era en mi casa, me destrozaba los muebles, me marcaba el sofá, me desconfiguraba la tele, entre otros desastres.
Por suerte un día ella desapareció de mi vida. Leí por el periódico otro anuncio. ahora era una vidente llamada Inés. Yo no creía ni en las videntes ni en ver el futuro ni en ninguna de aquellas charlatanerías. Decía que eran boludeces, gente que te sacaba la plata. Pero estaba desesperado, no le tenía fé a la vieja pero quise ir a ver en qué consistía.
Llegué a su casa. Estaba llena de velas aromáticas, estampitas religiosas, cuadros con símbolos que yo no conocía. Me recibió con calidez la señora. Tuvimos una charla. Le conté mi situación, aunque la mitad de las cosas no hizo falta contarlas. Vaya a saberse cómo, sabía al menos a medio detalle de qué se trataba. Había una persona que podría ser como una bruja, o algo así, y con su energía negativa y sus acciones oscuras había destruído mi vida. Tenía un gran poder sobre mí y superaba incluso a mi mente. Yo la escuchaba, pero no entendía. Por un lado, no pudo creer cómo adivinó lo que me pasaba, y por otro para mí lo que trataba de explicarme era chino básico, charlatanería pura.
Me pidió que vaya a mi casa, le traiga una foto de Gabriela y regresara. Y así lo hice. Tenía muchas fotos suyas, fotos de cuando follábamos, fotos de ella mostrándose tan ardiente y entera. La que me pareció más tentadora se la llevé. Las otras las rompí, las tiré a la mierda. Al volver, ella las encendió en una especie de horno pero pequeño, encendió una vela, se puso a rezar unas oraciones extrañas que yo no entendía. El fuego empezaba a consumir la foto, yo tenía miedo, cada vez más miedo. La vieja parecía ausente, misteriosa, en otro universo.
Finalmente, con una gran sonrisa, apagó ese hornito, desapareció las cenizas, y me prometió que Gabriela ya no entraría nunca más a mi casa, ni me la volvería a cruzar. Me fui no muy convencido, pero de repente al salir a la calle sentí que todos mis males se iban aliviando. Comenzaba a caminar más rápido, a correr incluso. Sentía una energía nueva, empecé a sonreír. Inés no me falló, a Gabriela no volví a verla ni en sueños.

Dejé de escribir, ya me dolían la cabeza y los ojos. Agarré el ordenador de mi viejo y decidí hecharle un vistazo, su sistema operativo era muy limitado. Sentía que, si tenía suerte, tenía que poder modificar al menos este ordenador para sacarle algo bueno, más allá de lo que ya trajo de fábrica. Como tiene Modern Ofice, tal vez escanearé lo que ya llevo anotado a mano y escriba mis siguientes historias ahí mismo, en el ordenador de mi viejo. O tal vez me compre uno yo, total son todos iguales.

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