Pasarelas, reinas y pólvora

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
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Larabelle Evans
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Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Pasarelas, reinas y pólvora

Mensaje por Larabelle Evans »

El regreso.

Habitación con vista al Etna

Punto de vista: Martyna.


La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio limpio. Era denso. De esos que se pegan a la piel.
El aire acondicionado murmuraba con constancia mecánica. Cortinas gruesas, color marfil, apenas abiertas. Más allá del cristal, la ciudad respiraba lenta… y al fondo, recortado contra el cielo de la tarde, el Etna.
Inmóvil.
Siempre ahí.
Martyna permanecía de pie junto a la ventana. Descalza. El suelo de mármol frío bajo sus pies contrastaba con el calor que le subía por el pecho. Llevaba una camisa blanca, amplia, mal abotonada. El cabello suelto, más largo que antes. Más oscuro. Como si también hubiera aprendido a endurecerse.
Entre sus dedos, un vaso bajo. Whisky. Sin hielo.
No bebía.
Solo lo sostenía.
Sus ojos no estaban en la ciudad.
Estaban en la montaña.
Y sin aviso…
El recuerdo volvió.

Flashback – La despedida de la reina

EXTERIOR – FALDAS DEL ETNA – MADRUGADA
El viento.
Siempre el viento.
Pero no era frío de temperatura… era otra cosa. Un hueco que se abría en el pecho.
La tierra negra crujía bajo las botas. Ceniza seca. Roca volcánica. Todo parecía muerto… pero debajo latía algo.
Como ellas.
Cuatro figuras avanzando en fila.
Etna al frente. Espalda recta. Paso firme. Sin mirar atrás.
Karlo a su lado. Sombra sólida.
Detrás, Maurizio. Vendado. Respirando con dificultad, pero sin quejarse.
Y cerrando la marcha… ella.
Martyna.
El abrigo negro rozándole las piernas. El peso de la urna entre sus manos. No miraba a nadie. Solo el suelo. Paso a paso. Como si detenerse fuera romper algo que ya estaba demasiado frágil.
El dron sobrevolaba arriba. Zumbido leve. Vigilancia constante. Incluso en un funeral.
Porque en su mundo… ni la muerte era territorio seguro.
Nadie hablaba.
No hacía falta.
Cuando llegaron al claro, todo se detuvo.
El círculo de piedra ya estaba marcado. Preciso. Frío. Ritual.
Y en el centro… la caja.
Metálica. Cerrada. El emblema Ferrari tallado en rojo oscuro.
Martyna no necesitaba abrirla para saber lo que había dentro.
Lo sabía.
Lo olía.
Lo sentía.
Etna se quitó las gafas. El reflejo de la luna le golpeó los ojos. Verde oscuro. Secos.
Demasiado secos.
Martyna dio un paso al frente.
La urna pesaba menos de lo que debería.
Siempre pesaba menos… cuando lo que cargabas era una vida.
Martyna dice en voz baja:
—“Ella me enseñó a no tenerle miedo a la fuerza. Me dio alas… cuando todos querían que me quedara rota.”
La voz le falló al final. Apenas.
Etna no la miró. Pero su mano se apoyó en su codo.
Firme.
Presente.
Karlo avanzó después. Su silueta parecía parte del paisaje.
Karlo dice con acento siciliano,
"Leila era mi jefa. Pero también era mi amiga. Mi familia. La única capaz de ordenarme algo sin que yo lo cuestionara. Porque ella... siempre sabía por qué luchaba."
Maurizio se quitó la boina. Lento. Como si cada movimiento doliera.
Maurizio dice con acento siciliano, "Y nosotros, Leila... aún no terminamos de pelear."
El silencio volvió.
Pero esta vez… pesaba más.
Etna se arrodilló.
Encendió la bengala.
La luz roja rompió la madrugada. No violenta. Precisa.
Cuando abrió la caja…
El aire cambió.
El perfume escapó primero.
Dulce. Oscuro. Familiar.
Martyna cerró los ojos un segundo.
Ahí estaba.
No Leila.
Pero casi.
Etna Dice con acento Catanés, "Leila Ferrari no tuvo un funeral. Porque la muerte no sabe cómo enterrar a una mujer como ella. Hoy, nosotros… no la enterramos. La ofrecemos al Etna. A su montaña. A su furia."
El vino cayó sobre los restos. Lento. Como sangre ritual.
Etna Dice con acento Catanés, "Princesa del terror. Hija del fuego. Reina de la guerra… y de nuestras vidas. No estás muerta si no te olvidamos."
La señal fue mínima.
Pero suficiente.
Gasolina.
Encendedor.
Bengala.
El fuego nació elegante.
Sin rabia.
Como si entendiera que no era destrucción…
Era despedida.
Las llamas crecieron. El humo subió directo hacia la cima del volcán.
Martyna no lloró.
No podía.
Etna se giró hacia ella.
Etna Dice con acento Catanés,
"Leila murió por esta guerra. Pero su nombre… será el eco que la gane."
Martyna sostuvo la mirada.
Martyna dice: "Y tú… Etna. ¿Estás lista para convertirte en lo que ella fue?"
El tiempo se detuvo un instante.
El fuego reflejado en la cicatriz de Etna.
Y entonces—
Etna Dice con acento Catanés, "Jamás podría ser una reina como ella."
Una pausa.
Más fría que el viento.
Etna Dice con acento Catanés, "Yo no seré Leila. Yo seré peor. Porque ahora… no tengo nada que perder."
El viento cambió.
Las cenizas giraron.
Como si el Etna… respondiera.
A lo lejos, una figura.
Pietro.
Inmóvil. Herido. Observando.
Sin acercarse.
Sin despedirse.
Cuando todo terminó… ya no quedaba caja.
Solo brasas.

Presente

Martyna parpadeó.
El reflejo del fuego seguía ahí… pero ahora era el sol golpeando el cristal.
Respiró hondo.
Y esta vez… sí bebió.
El whisky le quemó la garganta. Real. Presente.
Apoyó la frente contra la ventana.
El Etna seguía ahí.
Igual que aquella madrugada.
El cristal devolvía una versión de ella que no terminaba de reconocer.
La luz de la tarde caía oblicua sobre la habitación, filtrándose entre las cortinas de lino pesado. Olía a madera pulida, a hotel caro… y a algo más tenue: el rastro de su propio perfume, frío, contenido, como si también él supiera guardar secretos.
Martyna apoyó la palma contra el vidrio. Estaba tibio por el sol. Nada que ver con la madrugada de aquel día.
Pero el cuerpo recuerda lo que la mente intenta domesticar.
Y el recuerdo… volvió.

Flashback – Nueva York, el exilio elegante

INTERIOR – PENTHOUSE ESCALANTI – ATARDECER
Nueva York tenía un sonido constante.
No era ruido. Era presión.
Un latido urbano que no te dejaba pensar demasiado tiempo seguido.
Desde el piso alto, la ciudad parecía ordenada. Calles rectas, luces que se encendían como un tablero perfecto.
Pero Martyna ya sabía lo que había debajo.
Caos.
Como en casa.
El penthouse olía a café recién molido y cuero caro. A decisiones importantes tomadas en voz baja. A poder.
Su madre estaba en la isla de la cocina, cortando fruta con precisión casi quirúrgica. Siempre elegante, incluso en lo cotidiano. Cabello recogido, perfume suave, mirada que lo veía todo sin parecer hacerlo.
Su madre, Diana, dice con voz serena, "Martyna. Te estás consumiendo."
Martyna, apoyada contra la ventana, no giró.
Martyna dice: "Estoy funcionando. Madre, no me pidan más, si la extraño. Era mi mejor amiga del colegio."
Un leve gesto en los labios de su madre. No sonrisa. Reconocimiento.
Su madre dice, "Que funciones a consummirte, No es lo mismo."
El cuchillo golpeó la tabla. Ritmo constante.
Martyna cerró los ojos un segundo.
Si se permitía sentir… perdía.

Mafia Escalanti.


El despacho de Alessandro Escalanti no era ostentoso.
Era peor.
Sobrio. Oscuro. Funcional.
Un espacio donde cada objeto tenía propósito… o historia.
El olor a tabaco fino impregnaba las paredes. Whisky. Madera antigua.
Y hombres.
Siempre hombres.
Aquella noche, la puerta estaba cerrada… pero las voces no.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, "El puerto de Newark no se mueve sin mi autorización."
Silencio.
Luego, otra voz. Más joven. Tensa.
Voz masculina dice: "Los rusos están presionando."
Un leve sonido de hielo en vaso.
Alessandro Escalanti responde: "Que presionen. Cuando se cansen… negociamos."
Martyna escuchaba desde el pasillo. Descalza. Invisible. Así era como aprendía. No preguntando. Escuchando.
Alessandro continúa:
"La mercancía entra limpia o no entra. No quiero errores. No ahora."
No hablaban de ropa.
Ni de vino.
Ni de negocios legales.
Martyna lo sabía.
Siempre lo había sabido.
Y aun así…
Ese no era su campo.
No todavía.

La prohibición

Esa misma tarde, su padre la interceptó al pie de la escalera principal. Alessandro Escalanti nunca perdía el tiempo con rodeos; su autoridad era tan densa como el aire de su despacho.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, con voz baja pero cortante, "Martyna. Hablemos de Catania."
Martyna se irguió. No le gustaba esa conversación.
Martyna dice, "No hay nada que hablar. Catania Es mi hogar."
Alessandro Escalanti sonríe sin humor.
Alessandro escalanti dice con acento Italoamericano, "Tu hogar es Manhattan, ahora. El otro… el otro es un nido de víboras que acaba de perder a su reina."
Se acercó, poniendo sus manos en los hombros de ella. No era un gesto afectuoso, sino una presión sutil.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, "La muerte de Leila abrió la caja de Pandora. Ahora, el único que queda es Matteo Ferrari. Y lo que ese hombre ha desatado... no es una guerra, es terror. ¿Sabes lo que hace con los que no se alinean? Tráfico. De todo. Y tú, mi hija, no te vas a acercar a ese fuego."
Martyna dice, intentando sonar tranquila, "Yo puedo cuidarme sola."
Alessandro Escalanti la mira a los ojos, su expresión pétrea.
Alessandro Escalanti dice con acento Italoamericano, "No se trata de que te cuides. Se trata de una prohibición. Clara. Innegociable. Si cruzas esa línea, no solo te expones tú, nos expones a todos. Lo que hay en Catania ahora no son solo negocios de familia. Es supervivencia. Y tú te quedas aquí. Fuera de peligro. Fuera de la guerra."
Martyna sintió el frío de la orden. No era miedo por ella, sino una estrategia para él.
Martyna dice, un susurro de desafío, "¿Y si es lo que debo hacer?"
Alessandro Escalanti le apretó los hombros y luego la soltó. Su voz se volvió pura orden.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, "No es lo que debes hacer. Es lo que harás. Los Ferrari están rotos. Nosotros, Escalanti, nos mantendremos completos, aquí. Este exilio es tu protección."
Esa noche, su madre entró en su habitación sin hacer ruido.
Se sentó en el borde de la cama.
No habló de inmediato.
Nunca lo hacía.
Diana dice, "Tu padre tiene miedo."
Martyna giró el rostro.
Eso sí era nuevo.
Martyna dice "Él no tiene miedo de nada."
Su madre negó suavemente.
Diana dice, "Tiene miedo de perderte atí."
Silencio.
Más suave.
Más peligroso.
Su madre continuó.
"Y sabe que si vuelves a Catania… no regresas igual."
Martyna bajó la mirada.
Porque eso… también lo sabía.

Las pasarelas

El aire olía a ozono y perfume caro, una mezcla eléctrica. Luz blanca. Cegadora. Se sentía como si los focos no solo iluminaran, sino que quemaran el oxígeno. El calor de los focos pegándose a la piel era una capa invisible y pegajosa. El pulso del evento era un zumbido sordo bajo los pies de Martyna, una vibración constante que pasaba de la plataforma al mármol, directo a sus huesos.
El murmullo del público. Bajo. Expectante. Eran cientos de alientos contenidos, el clic ocasional de un bolígrafo, el tintineo de copas de champán que se silenció abruptamente cuando la música se desvaneció.
Y luego—
Silencio. El vacío repentino fue un golpe en el estómago. El tipo de silencio que precede al juicio o a una explosión.
Martyna exhaló, centrando el aliento en el vientre. Un ritual que había aprendido para acallar el ruido interno. Salió a la pasarela.
Espalda recta. Paso medido. Cada músculo tenso, cada articulación obediente. La punta del pie rozaba la tela apenas por encima de la luz. Cadera firme. El vestido, un rojo profundo que absorbía y devolvía el brillo, se sentía como seda fría sobre su piel. Era de corte asimétrico, la tela se movía como líquido con el desplazamiento del aire, fluyendo sobre su cuerpo.
Flash. Flash. Flash.
El estallido de luz era físico, un pulso estroboscópico que la cegaba brevemente con cada disparo, dejando puntos verdes bailando en su visión periférica. Podía escuchar el rápido motor de las cámaras, un sonido como de insectos enfurecidos.
Los fotógrafos no paraban. Ella tampoco.
Pero dentro, detrás de la expresión neutra y los ojos enfocados en el punto lejano al final de la línea: Nada. La sensación era de vacío controlado. Ni excitación, ni el calor de la vanidad. Solo la fría disciplina de una máquina bien calibrada. Su mente repetía: Uno. Dos. Tres. Giro. Cuatro.
En backstage, el mundo era otro. Un horno húmedo y frenético. Caos. Cuerpos que chocaban, voces ásperas y susurros urgentes. El aire era denso, una sopa espesa de perfume mezclado con sudor, laca, tela y el dulce olor metálico del maquillaje.
Gianna, su hermana de 16años, estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una mesa de utilería, indiferente al frenesí, masticando con placer un croissant que, sin duda, estaba prohibido.
Gianna dice, con una miga de hojaldre en la comisura de la boca, sonriendo abiertamente. Sus ojos brillaban con picardía y orgullo: "Pareces una asesina elegante. El rojo te sienta. Como si la sangre fuera tu color."
Martyna se permitió una sonrisa mínima, sintiendo el calor de la familiaridad que la protegía del frío profesional. Se apoyó contra el marco de la puerta.
Martyna alzó una ceja, la voz baja y ronca por el esfuerzo de la concentración:
Martyna dice, "Eso suena como un cumplido. ¿O debería preocuparme?"
Gianna se encogió de hombros, limpiándose la mano en el vaquero.
Gianna dice: "En esta familia… lo es. Alguien tiene que llevar la corona, ¿no?"
Rieron. Breve. Real. El sonido era áspero, amortiguado por el caos circundante.
Esha, su hermana pequeña, apareció unos minutos más tarde, esquivando a un asistente con un rack de vestidos. Sus ojos, generalmente inquietos, estaban fijos en ella con una intensidad inusual. La abrazó sin avisar, un abrazo fuerte, demasiado apretado para ser casual, con el olor a perfume fresco.
Esha dice, su voz era un murmullo reverente cerca de su oído: "Te vi en la pantalla. Parecías una reina. De verdad. Como las de antes."
Eso sí le dolió. El recuerdo de Leila, de la palabra "reina" atada a otra mujer, fue una punzada rápida. Pero no lo mostró. Su rostro se suavizó en una máscara de calma para él.
Martyna dice, su tono deliberadamente más suave, "Solo es trabajo, Esha. Pasarelas. Vender ropa."
Esha se separó, pero mantuvo sus manos firmes sobre los hombros de ella. Negó con la cabeza, sus dedos haciendo una presión cariñosa.
Esha dice: "No. Es más que eso. Es lo que haces tú. Papá está aquí en el balcón. Lo vi."
Faviano, el que seguía de ella, ya estaba allí. Siempre así. Una presencia sólida, observando desde el fondo de la penumbra del camerino, con los brazos cruzados. No se acercaba al drama, pero su mirada lo contenía todo.
Faviano se acercó con esa calma que siempre había envuelto las decisiones importantes. Puso una mano pesada y cálida en el hombro de Martyna.
Faviano dice: "Papá está orgulloso. Aunque no lo diga. Lo está. No te muevas de aquí hasta que termines. No hay que darle pretextos."
Martyna lo miró. En el rostro de Faviano vio la verdad no dicha, el escudo que él siempre intentaba levantar entre ella y su padre.
Martyna dice, un ligero temblor en el aire, "No necesito que lo diga."
Pero una parte de ella… sentía el punzante vacío de esa necesidad. El aplauso sordo del exterior rompió la tensión, señalando que la siguiente modelo estaba en el escenario. El trabajo continuaba.

El quiebre

La casa estaba… demasiado quieta.
No el tipo de silencio cómodo. No. Este era distinto. Espeso. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo a propósito.
Martyna lo notó incluso antes de abrir los ojos del todo.
Se levantó sin encender luces. El suelo de madera estaba frío bajo sus pies descalzos, arrancándole pequeños escalofríos que la terminaron de despertar. Bajó las escaleras despacio, con esa forma suya de moverse que no hacía ruido aunque quisiera.
El aire olía a café viejo y a ese perfume caro que siempre quedaba flotando en la casa después de las reuniones de su padre. Señal clara: había gente. Y no cualquier gente.
Entonces—
Voces.
Desde el despacho.
Otra vez.
La puerta, entreabierta.
Pero no era como otras noches.
Esta vez las voces iban más bajas. Más medidas. Como si cada palabra estuviera pesando más de lo normal.
Martyna se detuvo a mitad del pasillo. No se acercó del todo. No hacía falta.
Sabía escuchar desde lejos.
Alessandro Escalanti dice con acento italoamericano, en un tono contenido:
"Catania no cayó."
Un silencio corto.
Luego, otra voz. Grave. Segura. De alguien que no necesitaba imponerse para que lo escucharan.
La voz responde:
"Nunca iba a caer."
Una pausa.
Y entonces, más directo:
"Porque nunca perdió a su reina."
El corazón de Martyna dio un golpe seco.
Uno solo.
Pero suficiente.
No se movió.
Ni un centímetro.
Alessandro respondió, más tenso ahora:
"Yo mismo confirmé su muerte."
La otra voz soltó una especie de exhalación, casi una risa sin humor.
"Confirmaste lo que te dejaron ver."
Silencio.
Pesado.
De esos que llenan la habitación aunque estés fuera de ella.
Martyna sintió cómo la piel de sus brazos se erizaba.
No por miedo.
Por otra cosa.
Algo que llevaba meses dormido… despertando.
Y entonces—
Alessandro habló otra vez. Más bajo. Más serio.
"Habla claro."
Un segundo.
Dos.
La respuesta llegó limpia. Sin adornos.
"Leila Ferrari está viva."
El mundo no se rompió.
No hubo grito. No hubo movimiento.
Nada.
Martyna siguió ahí. Quieta. Respirando lento.
Pero por dentro…
Todo encajó.
El fuego.
La caja.
El perfume escapando en el aire.
Esa sensación constante de que algo… no cerraba.
Su mandíbula se tensó apenas.
Luego se relajó.
Y por primera vez en mucho tiempo…
El pecho no le dolía.
No era euforia.
No era alivio inmediato.
Era algo más profundo.
Más peligroso.
Paz.
Alessandro volvió a hablar, esta vez sin intentar ocultarlo:
"¿Dónde está?"
"En Catania. De vuelta." —respondió la voz— "Y no está escondiéndose. Está tomando lo que es suyo."
Un silencio breve.
Cargado.
Alessandro dice, más grave:
"Entonces la guerra no terminó."
La respuesta fue directa:
"Nunca empezó sin ella. Ahora sí."
Martyna cerró los ojos un instante.
Y en la oscuridad… la vio.
Viva.
No como recuerdo.
No como despedida.
Viva.
Abrió los ojos.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
Sin hacer ruido.
Subió las escaleras igual que había bajado. Precisa. Controlada.
Entró en su habitación.
Cerró la puerta con suavidad.
Se apoyó contra ella.
Y ahí sí…
Dejó escapar el aire.
Una risa corta. Incrédula. Casi rota.
Martyna susurró para sí, con una media sonrisa que no podía contener:
—"Claro que sí…"
Se llevó una mano al rostro. No para taparse. Para asegurarse de que estaba ahí. De que esto era real.
—"Siempre fuiste imposible de enterrar…"
Se dejó caer en la cama, mirando el techo.
Y por primera vez desde aquella madrugada en el Etna…
No sintió vacío.
Sintió dirección.
Sus ojos brillaron apenas.
No lágrimas.
Algo más firme.
Martyna dice en voz baja, casi como una promesa:
"Estoy volviendo, Leila."
Y esta vez…
No había nadie que fuera a detenerla.
Larabelle Evans
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Re: Pasarelas, reinas y pólvora

Mensaje por Larabelle Evans »

Catania - Atardecer triste.

Punto de vista: Martyna.


El sol se hundía en el horizonte siciliano, pintando el cielo con naranjas que Martyna no había visto desde su exilio. Estaba en el balcón de la suite del hotel, terminando de abrocharse una camisa de seda negra.
El plan era sencillo y estúpido: llegar a la Villa Ferrari, forzar un encuentro con Leila, y verificar con sus propios ojos lo que había escuchado en el despacho de su padre. Pero el miedo de Alessandro Escalanti se había materializado en dos presencias ruidosas en la habitación contigua.
La puerta se abrió con un golpe, y Gianna irrumpió, con el cabello rubio alborotado y una energía que era demasiado para la penumbra de la tarde. Llevaba unos vaqueros rasgados y una camiseta con el logo de una banda americana. A sus dieciséis años, Gianna era la disrupción elegante en la vida controlada de los Escalanti.
Gianna dice con acento italoamericano, con un entusiasmo contagioso:, Martyna, c'mon! ¿Qué tan lejos está esta 'Villa Ferrari'? Porque mi red social está esperando el primer reel siciliano. ¿Tienen buen café aquí, sabes?"
Martyna sonrió, una curva leve que no llegaba a sus ojos.
Martyna dice con acento italoamericano, "El mejor café del mundo, sorellina. Y la villa está al final del camino que Papá nos prohibió tomar."
Faviano entró en ese momento, con la calma de un roble. Más alto que Martyna, con una complexión sólida y ojos de un marrón pensativo. Había dejado su impecable traje por una chaqueta de cuero y pantalones oscuros. No parecía un turista. Parecía un guardaespaldas de lujo.
Faviano dice con acento italoamericano, cruzando los brazos, "Martyna. Hablemos de eso. Papá se va a volver loco, capisci? Este no es Manhattan. Esto es territorio Ferrari. Y el Padrone no nos mandó aquí para un viaje turístico."
Martyna se giró, su expresión se volvió de acero.
Martyna dice con acento italoamericano, su voz baja y firme, "Papá los mandó aquí porque cree que una bala de los rusos es mejor que mi presencia en Nueva York. Él no lo dice, pero lo piensa. Gianna, tú estás aquí para ser mi coartada, la turista loca. Favi, tú estás aquí para ser mi sombra y asegurarte de que no haga estupideces."
Se acercó a él y le tocó el brazo.
Martyna dice con acento italoamericano, "Necesito verla. Si Leila está viva, todo cambia. No podemos quedarnos sentados mientras ella retoma la guerra."
Faviano suspiró. Conocía esa terquedad. Era la misma que corría por la sangre de su padre, solo que en Martyna se manifestaba con más sutileza.
Faviano dice con acento italoamericano, resignado pero práctico, —"Okay. Pero yo conduzco. Y llevaremos el coche de alquiler, el más feo. No quiero el Mercedes con lunas polarizadas de la Famiglia Escalanti en el camino principal. Y si veo un solo rostro que no reconozca, regresamos a Nueva York. ¿Entendido, Principessa?"
Gianna aplaudió, ajena a la tensión del acuerdo.
Gianna dice con acento italoamericano, "¡Sí! ¡Road trip siciliano! ¿Podemos poner música italiana de esa que suena a telenovela?"
Martyna le lanzó las llaves del coche a Faviano y sonrió a Gianna.
Martyna dice con acento italoamericano, "Solo si prometes no avergonzarnos, piccola."
El viaje fue corto pero silencioso. Catania nocturna era laberíntica y hermosa, pero la energía que la envolvía era pesada. Faviano conducía con la cautela que le había enseñado su padre, observando los retrovisores constantemente.
Llegaron a la Villa Ferrari. No había luces excesivas, solo una discreta iluminación que resaltaba la arquitectura imponente. El portón principal, de hierro forjado, estaba cerrado.
Faviano detuvo el coche a unos cincuenta metros, en una curva oscura.
Faviano dice con acento italoamericano, "Esto no me gusta. Demasiado tranquilo. Los Ferrari nunca están tranquilos."
Martyna no esperó. Se bajó del coche. Gianna la siguió, con el móvil en mano.
Gianna dice con acento italoamericano, en un susurro, "¿A quién vamos a ver? ¿A la chica de la que tanto hablaban Papá y tú?"
Martyna la ignoró. Se acercó al intercomunicador.
Martyna dice con acento italoamericano, con voz clara y firme, como si esperara ser rechazada,
"Soy Martyna Escalanti. Vengo con mis hermanos. Queremos ver a Leila Ferrari. Es urgente."
Hubo un silencio. Un largo, largo silencio. El único sonido era el grillo nocturno y el leve zumbido de las luces de seguridad. Martyna ya se estaba preparando para ser rechazada, o peor, para que salieran hombres armados.
Entonces, la voz respondió, grave y con un fuerte acento siciliano que Martyna reconoció al instante:
Era Karlo.
Karlo dice con acento siciliano, su tono seco, sin sorpresas, pero con una subyacente familiaridad, "Principessa. Sabía que no podrías estar quieta por mucho tiempo. La única Escalanti con fuego en la sangre."
El portón se deslizó, lento, pesado, revelando a Karlo. Estaba en ropa oscura, práctica, con el rostro más endurecido de lo que Martyna recordaba. Las líneas alrededor de sus ojos eran más profundas; llevaba el cansancio de la lealtad y el luto. Se apoyó contra el marco, un hombre sólido y silencioso en la penumbra.
Martyna caminó hacia él, su rostro se iluminó con una calidez que reservaba solo para ciertas personas de Catania. Le dio un abrazo rápido, firme, sin el melodrama de los reencuentros, un gesto de reconocimiento mutuo.
Martyna dice con acento italoamericano, con voz genuinamente aliviada, "Karlo. Me alegra verte, de verdad. Creí que tendríamos que saltar la cerca."
Karlo correspondió el abrazo por un segundo, sintiendo el leve temblor de la tensión de Martyna. Se separó, su mirada evaluando rápidamente a los acompañantes.
Karlo dice con acento siciliano, una ceja alzada, "¿Turismo familiar, Principessa? Pensé que tu padre te había prohibido volver a poner un pie en esta isla."
Martyna se encogió de hombros con una sonrisa traviesa y se hizo a un lado para presentar a sus hermanos.
Martyna dice con acento italoamericano, "Ellos son mis custodios y coartadas. Gianna, mi dolor de cabeza favorita. Y Faviano, el de la cabeza fría."
Gianna se adelantó con un aire de absoluta confianza. Sus ojos, brillantes con picardía juvenil, recorrieron a Karlo de pies a cabeza.
Gianna dice con acento italoamericano, con una sonrisa amplia y coqueta, "Hola, Karlo. Martyna no me había dicho que los hombres de Catania eran tan... interesantes. Mucho gusto. ¿Trabajas aquí?"
Karlo, acostumbrado a las formalidades más rígidas de la Famiglia, parpadeó ante el descaro de la joven. Una sonrisa, cruzó su rostro curtido.
Martyna le dio un codazo suave a Gianna en las costillas.
Martyna dice en un susurro regañón, "Gianna. Comportamiento. Es un Soldado."
Faviano extendió la mano, su rostro una máscara de respeto contenido, aunque una ligera chispa de curiosidad brillaba en sus ojos.
Faviano dice con acento italoamericano, formal, "Faviano Escalanti. Un placer. Entendemos que su hospitalidad no es por elección, pero Martyna es persistente."
Karlo asintió, estrechando la mano de Faviano con una fuerza profesional.
Karlo dice con acento siciliano, "La conozco bien. Entren. La Regina no está en un buen momento, pero los Escalanti siempre tienen acceso a esta Villa."
Karlo los guió a través de los jardines oscuros y hacia la imponente entrada. La Villa por dentro estaba sumida en una atmósfera de luto. Las luces eran tenues, el silencio palpable. Karlo los condujo a un pequeño salón lateral, más sobrio y menos cargado que los principales, asegurándose de que Gianna y Faviano se sintieran, al menos, protegidos.
Martyna no se sentó. Su ansiedad era demasiado grande.
Martyna dice con acento italoamericano, "Karlo, vamos al grano. Mi padre... él escuchó algo. ¿Es verdad? ¿Leila... ella está bien?"
Karlo suspiró, la primera señal clara de que el peso del último mes no era solo trabajo.
Karlo dice con acento siciliano, su voz baja y rasposa, llena de la melancolía que invadía la Villa, "Sobrevivió, Sí. Pero ahora mismo no está nada bien. Su regreso a Catania ha tenido un precio.
Martyna sintió que el aire se espesaba. Karlo no parecía aliviado.
Martyna dice, un nudo formándose en su estómago, "¿Qué precio, Karlo? ¿Qué ha pasado?"
Karlo se acercó a la chimenea apagada, mirando el mármol como si viera la escena grabada en él.
Karlo dice con acento siciliano, "Leila regresó, sí. Regresó para limpiar la casa, para reclamar el puerto, para poner orden. Pero en el proceso..."
Se detuvo. Le costaba pronunciar las palabras.
Karlo dice con acento siciliano, mirando a Martyna, su mirada azul reflejando la cruda realidad, "Perdimos a Chiara. su... Amiga. la Sorellina de Leila."
El golpe fue seco. No el impacto de una bomba, sino el eco de una noticia inevitable que Martyna había temido desde la madrugada en el Etna. Las tres, Leila, Chiara y Martyna, habían compartido veranos y secretos. Eran parte de ese círculo íntimo que el mundo adulto y criminal había destrozado.
Martyna se llevó una mano a la boca, no por histeria, sino por respeto y dolor sordo.
Martyna dice, apenas un susurro, "Chiara... ¿Cómo?"
Karlo le dio los detalles de forma concisa y brutal. La traición. El refugio de Gianluca. La bala perdida. La resistencia final.
Karlo dice con acento siciliano, "Leila está rota, Martyna. Se levantará para el funeral, para el teatro de Catania, pero por dentro... la han vaciado. La han privado de su ancla. Tú bien sabes que Chiara era la única que no veía a la Regina, solo a la mujer."
Martyna asintió, su rostro pálido. La muerte de Chiara era una tragedia, una pérdida de inocencia compartida, pero entendía, con una claridad fría, el peso que tenía en Leila. No era solo la pérdida de una amiga; era la pérdida del último espejo que le mostraba su humanidad.
Martyna dice, su voz recuperando un tono de acero, aunque teñido de tristeza, "Entonces la guerra no ha hecho más que empezar. Alessio... pagará."
Se acercó a Karlo, su mirada decidida.
Martyna dice con acento italoamericano, "Quiero verla. Ahora. Leila necesita más que lealtad. Necesita un recordatorio de que todavía le queda familia fuera de esta jaula de mármol."
Karlo asintió, reconociendo el tono. La Principessa de los Escalanti había regresado, no para huir, sino para luchar.
Karlo dice con acento siciliano, dirigiéndose a los hermanos, "Faviano. Gianna. Quédense aquí. Martyna. Sígueme. Prepárate. Es difícil de ver."
Karlo avanzó por los pasillos de mármol con el andar de quien conoce cada sombra y cada crujido del suelo. La Villa estaba envuelta en ese silencio profundo que solo puede ser roto por el dolor. Martyna lo siguió, sintiendo cómo la ansiedad se convertía en una frialdad funcional.

Subieron las escaleras sin cruzarse con nadie. Karlo se detuvo frente a una puerta doble, de madera oscura y pesada. La Suite de la Regina.

Karlo dice con acento siciliano, en un susurro grave, "Está sedada. El consigliere y los médicos de la Famiglia están cuidándola. Solo está una amiga con ella. No hagas ruido."
Asintió. Sabía que tenía que ser fuerte por Leila.
Karlo abrió la puerta con una cautela exagerada. La habitación era un santuario de penumbra. El aire olía a antiséptico suave y a ese perfume caro que Leila siempre usaba, mezclado ahora con el rastro metálico de la angustia.
Martyna vio a Leila en la vasta cama. Una figura diminuta, casi perdida en la seda negra. Estaba pálida, con la aguja del suero en su mano. La corona de la Regina había desaparecido, dejando solo a la mujer herida.
Karlo le presentó a Martyna a Zoe.
Zoe estaba sentada a un lado, despierta, pero con la cabeza apoyada en el colchón. Al verlos, levantó el rostro, sus ojos rojizos. Hizo un gesto de silencio y se acercó a Martyna, dándole un abrazo rápido y mudo.
Martyna no se acercó de inmediato a la cama. Se quedó en el umbral, absorbiendo la imagen. Era el final de la inocencia. No era la Reina invencible de la que su padre había huido; era una amiga que se había roto.
Martyna dice en voz baja, con un acento italoamericano apenas audible, "Estoy aquí, Leila. Estoy junto a tí."
Se quedó ahí, observándola. Sintió el peso de aquella urna en su memoria, la imagen de la despedida falsa en el Etna. Ahora, la verdad era un peso más duro.
Karlo se acercó a Martyna, su figura proyectando una sombra de seguridad.
Karlo dice con acento siciliano, su voz es un murmullo profundo, "Quédate con ella. Te necesita. Pero no te vas a ir de aquí. Ni tú, ni tus hermanos. Lo que está sucediendo ahora es más grande que tu padre. Escalanti es bienvenido, pero el hotel no es seguro."
Martyna levantó la vista, encontrándose con la mirada firme de Karlo.
Martyna dice, "No voy a irme. ¿Pero Faviano y Gianna? No quiero ponerlos en peligro."
Karlo le apretó el hombro.
Karlo dice con acento siciliano, "Ellos están bajo la protección de la Famiglia Ferrari. No te preocupes. Le asignaré la Suite del Ala Oeste. Es la más segura y está cerca de aquí. Tendrán guardias discretos. Necesitas estar cerca. Y ella... ella necesita sentir que no está sola en este momento."
Karlo se volvió hacia Zoe.
Karlo dice con acento siciliano, "Zoe, trae por favor un café para Martyna. Caliente y fuerte. Luego, , descansa un poco.
Karlo dice con acento siciliano, “Mañana tenemos un funeral, y una guerra que continuar. Pediré que traigan sus pertenencias. No te preocupes Martyna.
Martyna asintió, su mano sin dejar de acariciar el cabello de Leila. La promesa de Karlo era más que una cortesía; era una declaración de lealtad compartida y el comienzo de una alianza silenciosa.
Karlo se retiró, dejando la puerta abierta apenas. Zoe asintió a Martyna y siguió a Karlo.
Martyna se quedó sola, arrodillada junto a la cama, mirando el rostro roto de su amiga. El aire en la habitación, aunque pesado, ya no era solo dolor. Era la calma tensa que precede al huracán.
Se quedó velando, dejando que el silencio de la Suite fuera su único testigo. Esperando. Sabiendo que el momento en que Leila abriera los ojos marcaría el verdadero inicio de la guerra.
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