Salón Principal
La estancia está sumergida en una luz ámbar. Armand se quita la chaqueta del traje, mostrándose algo cansado tras la jornada en el juzgado y la comisaría. Orestes acaba de regresar de su visita a la jueza, su semblante es sereno.
Armand dice con acento parisino: "He hablado con el Dr. Arcas. Uriel ha hecho de las suyas; el evaluador está tan fascinado como aterrorizado. Ha pospuesto las conclusiones. Ganamos tiempo, pero el chico sigue siendo una bomba de relojería en esa unidad.
Orestes asiente mientras se sirve una copa de agua mineral.
Orestes dice con acento cretense: "El tiempo es lo que necesitamos. Marielba Montenegro tiene ahora una botella de vino que no podrá beber sin pensar en lo que le dije. Su sospecha se ha transformado en curiosidad.
Dante aparece desde la biblioteca, sosteniendo una tableta con los datos que Jeanpaul ha estado recopilando.
Dante dice con acento veneciano: "Aquí está el resto de la historia de la jueza. Perdió a una hermana en un piso de acogida estatal hace veinte años. El sistema lo llamó "accidente", pero ella sabe que hubo negligencia. Jeanpaul ha conectado los puntos: la empresa que gestionaba aquel piso fue absorbida años después por una filial de la IDO. Si se lo mostramos, no solo será nuestra jueza, será nuestra aliada más feroz.
Armand mira a Orestes, arqueando una ceja inquisitiva.
Armand dice con acento parisino: "¿Crees que será un problema su integridad? Si descubre que estamos manipulando las sombras...
Orestes sonríe, terminándose el agua.
Orestes dice con acento cretense: "Marielba ama la justicia más que a las reglas. Mañana, cuando vea a las víctimas de Ferrer, las reglas serán lo último que le importe. La visita de cortesía ha terminado, Armand. Ahora, es el momento de que la jueza vea el verdadero rostro del monstruo que estamos intentando cazar.
[Trama El despertar de Themis]: Negocios Y Alianzas
[Trama El Despertar de Themis]: El Juicio de la Memoria
La Terraza de Cristal
El sol de la tarde se filtra con una pesadez anaranjada a través de los ventanales de vidrio, creando un juego de sombras largas sobre el suelo de piedra rústica. El ambiente es una burbuja de silencio, interrumpido solo por el goteo rítmico de una fuente de pared. Aymara y Eloy aguardan; son dos figuras que parecen frágiles pero cuya presencia ocupa todo el espacio emocional de la estancia.
Orestes camina con paso comedido, indicando a la magistrada el asiento frente a ambos. Su postura es de un respeto calculado, reconociendo la autoridad que ella representa.
Orestes dice con acento cretense: "Señoría, le agradezco que haya accedido a venir. Sé que su tiempo es valioso y que este procedimiento es inusual, pero hay verdades que no caben en un folio judicial."
Marielba Montenegro se sienta con la rigidez de quien teme ser seducida por la elocuencia de un hombre poderoso. Abre su maletín y extrae un bolígrafo, observando a los presentes con una agudeza que parece querer diseccionarlos.
Marielba dice con acento granadino: "No se equivoque, Orestes. Estoy aquí porque las irregularidades en el reparto de este caso me inquietan, no por cortesía. Y ustedes... quiero que sean muy precisos. No me sirven las metáforas. Necesito hechos."
Media hora después.
Aymara ha comenzado a hablar. Su voz, con ese deje venezolano que arrastra las palabras con una cadencia melancólica, llena la estancia. Sus manos, pequeñas y pálidas, se cierran sobre la tela de su falda.
Aymara dice con acento venezolano: "Humberto no solo me robó la luz que me quedaba, doctora. Él me convenció de que mi cuerpo era una basura inservible. Yo amaba a Fabián con toda mi alma, y Ferrer usó ese amor para chantajearme. Me obligaba a grabar esas... bajezas... diciéndome que si no lo hacía, le quitaría la licencia a Fabián, que lo denunciaría por abusar de una ciega bajo tutela estatal. ¿Sabe lo que es estar en una mesa de operaciones, sintiendo que tu cuerpo se muere porque ya no puede más? Tuve dos rechazos de órganos, Jueza. Mi riñón y mi páncreas fallaron dos veces porque mi sistema estaba colapsado por el pánico, por los fármacos que él me obligaba a tomar para mantenerme dócil, por la deshidratación, la mala alimentación. Usó la insulina como herramienta de tortura. Me subía las dosis, las bajaba a su conveniencia. Casi muero porque mi voluntad estaba tan rota que mis órganos ya no querían vivir en mí."
Una hora después.
Eloy ha tomado el relevo. Su lucha con la oralización es evidente; su garganta emite sonidos profundos, vibraciones que parecen venir desde el fondo de un pozo. Marielba lo observa, y por primera vez, su expresión de granito muestra una pequeña fisura.
Eloy dice con voz varonil y dificultosa: "Él... me... grababa. Yo no... oigo. Él decía que... nadie me... querría. Que Eloy era... para vender. En ordenador. Luz roja siempre... luz roja. Yo lloraba y él... reía. Decía que... sordo no grita."
Eloy rompe en un llanto silencioso, sus hombros se sacuden violentamente mientras se señala el implante coclear, como si la capacidad de oír ahora solo sirviera para recordar los gritos internos de su pasado. Marielba Montenegro baja la vista a su libreta. Ya no escribe. Su mano tiembla levemente al recordar el expediente de su propia hermana, un eco lejano que hoy ruge con fuerza en esta sala.
Orestes dice con acento cretense: "Señoría, mire esas cicatrices. No son de un accidente. Son de un sistema que permite que un depredador use la discapacidad como una jaula. Usted tiene el poder de abrirla."
Marielba se levanta bruscamente, cerrando su maletín con un golpe seco. Sus ojos verdes están encendidos con una furia fría que ya no oculta tras la toga imaginaria.
Marielba dice con acento granadino: "Ya he visto bastante. No me hace falta que me diga cuál es mi poder, Orestes. Lo que me hace falta es que mi juzgado se llene de estas pruebas de una forma que ni la IDO ni nadie pueda recusar. Me marcho. Tengo mucho que ordenar y poco tiempo antes de que los abogados de la organización empiecen a tejer sus hilos."
La jueza sale con paso rápido escoltada por Orestes.
Orestes regresa a la sala, observándolos con una mezcla de orgullo y melancolía.
Aymara tiembla violentamente, el esfuerzo de mantener la calma frente a la mujer que tiene su destino en las manos le pasa factura.
Aymara murmura con acento venezolano: "Orestes... ¿nos creyó? La sentí tan fría, tan... distante. Tengo miedo de que solo vea leyes y no personas. Si ella nos falla, Ferrer ganará incluso desde la cama del hospital."
Eloy se acerca a ella de inmediato. La rodea con sus brazos fuertes, pegando su frente a la de ella en un gesto de consuelo absoluto. Él no necesita palabras para transmitirle que están juntos en esto.
Orestes dice con acento cretense: "No te preocupes, Aymara. Marielba Montenegro no se ha ido por indiferencia, sino porque la verdad le ha quemado las manos. Ahora no solo tiene pruebas; tiene una razón personal. Y en Neo-Madrid, no hay nada más peligroso para un criminal que una jueza con una misión."
El sol de la tarde se filtra con una pesadez anaranjada a través de los ventanales de vidrio, creando un juego de sombras largas sobre el suelo de piedra rústica. El ambiente es una burbuja de silencio, interrumpido solo por el goteo rítmico de una fuente de pared. Aymara y Eloy aguardan; son dos figuras que parecen frágiles pero cuya presencia ocupa todo el espacio emocional de la estancia.
Orestes camina con paso comedido, indicando a la magistrada el asiento frente a ambos. Su postura es de un respeto calculado, reconociendo la autoridad que ella representa.
Orestes dice con acento cretense: "Señoría, le agradezco que haya accedido a venir. Sé que su tiempo es valioso y que este procedimiento es inusual, pero hay verdades que no caben en un folio judicial."
Marielba Montenegro se sienta con la rigidez de quien teme ser seducida por la elocuencia de un hombre poderoso. Abre su maletín y extrae un bolígrafo, observando a los presentes con una agudeza que parece querer diseccionarlos.
Marielba dice con acento granadino: "No se equivoque, Orestes. Estoy aquí porque las irregularidades en el reparto de este caso me inquietan, no por cortesía. Y ustedes... quiero que sean muy precisos. No me sirven las metáforas. Necesito hechos."
Media hora después.
Aymara ha comenzado a hablar. Su voz, con ese deje venezolano que arrastra las palabras con una cadencia melancólica, llena la estancia. Sus manos, pequeñas y pálidas, se cierran sobre la tela de su falda.
Aymara dice con acento venezolano: "Humberto no solo me robó la luz que me quedaba, doctora. Él me convenció de que mi cuerpo era una basura inservible. Yo amaba a Fabián con toda mi alma, y Ferrer usó ese amor para chantajearme. Me obligaba a grabar esas... bajezas... diciéndome que si no lo hacía, le quitaría la licencia a Fabián, que lo denunciaría por abusar de una ciega bajo tutela estatal. ¿Sabe lo que es estar en una mesa de operaciones, sintiendo que tu cuerpo se muere porque ya no puede más? Tuve dos rechazos de órganos, Jueza. Mi riñón y mi páncreas fallaron dos veces porque mi sistema estaba colapsado por el pánico, por los fármacos que él me obligaba a tomar para mantenerme dócil, por la deshidratación, la mala alimentación. Usó la insulina como herramienta de tortura. Me subía las dosis, las bajaba a su conveniencia. Casi muero porque mi voluntad estaba tan rota que mis órganos ya no querían vivir en mí."
Una hora después.
Eloy ha tomado el relevo. Su lucha con la oralización es evidente; su garganta emite sonidos profundos, vibraciones que parecen venir desde el fondo de un pozo. Marielba lo observa, y por primera vez, su expresión de granito muestra una pequeña fisura.
Eloy dice con voz varonil y dificultosa: "Él... me... grababa. Yo no... oigo. Él decía que... nadie me... querría. Que Eloy era... para vender. En ordenador. Luz roja siempre... luz roja. Yo lloraba y él... reía. Decía que... sordo no grita."
Eloy rompe en un llanto silencioso, sus hombros se sacuden violentamente mientras se señala el implante coclear, como si la capacidad de oír ahora solo sirviera para recordar los gritos internos de su pasado. Marielba Montenegro baja la vista a su libreta. Ya no escribe. Su mano tiembla levemente al recordar el expediente de su propia hermana, un eco lejano que hoy ruge con fuerza en esta sala.
Orestes dice con acento cretense: "Señoría, mire esas cicatrices. No son de un accidente. Son de un sistema que permite que un depredador use la discapacidad como una jaula. Usted tiene el poder de abrirla."
Marielba se levanta bruscamente, cerrando su maletín con un golpe seco. Sus ojos verdes están encendidos con una furia fría que ya no oculta tras la toga imaginaria.
Marielba dice con acento granadino: "Ya he visto bastante. No me hace falta que me diga cuál es mi poder, Orestes. Lo que me hace falta es que mi juzgado se llene de estas pruebas de una forma que ni la IDO ni nadie pueda recusar. Me marcho. Tengo mucho que ordenar y poco tiempo antes de que los abogados de la organización empiecen a tejer sus hilos."
La jueza sale con paso rápido escoltada por Orestes.
Orestes regresa a la sala, observándolos con una mezcla de orgullo y melancolía.
Aymara tiembla violentamente, el esfuerzo de mantener la calma frente a la mujer que tiene su destino en las manos le pasa factura.
Aymara murmura con acento venezolano: "Orestes... ¿nos creyó? La sentí tan fría, tan... distante. Tengo miedo de que solo vea leyes y no personas. Si ella nos falla, Ferrer ganará incluso desde la cama del hospital."
Eloy se acerca a ella de inmediato. La rodea con sus brazos fuertes, pegando su frente a la de ella en un gesto de consuelo absoluto. Él no necesita palabras para transmitirle que están juntos en esto.
Orestes dice con acento cretense: "No te preocupes, Aymara. Marielba Montenegro no se ha ido por indiferencia, sino porque la verdad le ha quemado las manos. Ahora no solo tiene pruebas; tiene una razón personal. Y en Neo-Madrid, no hay nada más peligroso para un criminal que una jueza con una misión."
[Trama el Despertar de Themis]: El Laberinto de una Mente fascinante
Unidad Psiquiátrica Forense - Sala de Observación B
La habitación es de un blanco clínico, sin esquinas donde la vista pueda descansar. Dulce, una psicóloga de renombre con voz suave y una mirada que parece abrazar antes de interrogar, se sienta frente a Uriel. El joven mantiene su actitud desafiante, recostado en la silla como si estuviera en un trono de plástico.
Dulce observa a Uriel durante un largo silencio, buscando el tic, la microexpresión que delate al criminal.
Dulce dice con acento madrileño: "Uriel, no estoy aquí para juzgar si lo que hiciste fue correcto. Estoy aquí para entender si podrías volver a hacerlo. Me sorprende tu falta de ansiedad. Según los monitores, tus pulsaciones son las de alguien que está leyendo un libro de texto, no las de alguien acusado de homicidio."
Uriel se ajusta las gafas polarizadas, esbozando una sonrisa cargada de un cinismo brillante.
Uriel dice con acento argentino: "¿Ansiedad? Eso es para la gente que no tiene un plan, Dulce. ¿Puedo llamarte Dulce, no? Es un nombre muy... táctico para una sicóloga. Yo sé exactamente dónde estoy y por qué lo hice. Si un virus entra en tu sistema, corrés un programa de limpieza. Yo soy el programa de limpieza. Gabo era un bug, Humberto era el malware. ¿Te parece que un algoritmo tiene que sentir ansiedad?"
Dulce inclina la cabeza, fascinada por la estructura lógica y gélida del muchacho.
Dulce dice con acento madrileño: "Hablas de seres humanos como si fueran líneas de código, Uriel. Eso es un rasgo de desconexión empática muy severo. ¿No sientes nada por el vacío que dejaste en la familia de ese chico, o por el estado del doctor?"
Uriel dice con acento argentino: "Sentiría algo si las reglas fueran iguales para todos. Pero la IDO usa a pibes como Gabo o Costanza para procesar sus traumas y sacar guita. Si querés empatía, buscá en los servidores que hackeé. Ahí vas a encontrar el llanto de todos los que Ferrer rompió. Yo solo devolví el golpe con la misma frialdad que ellos aplican. Si eso me hace un psicópata para tu librito, anotálo. Pero soy el psicópata que detuvo el motor. Deberían agradecérmelo, ¿no te parece?"
La habitación es de un blanco clínico, sin esquinas donde la vista pueda descansar. Dulce, una psicóloga de renombre con voz suave y una mirada que parece abrazar antes de interrogar, se sienta frente a Uriel. El joven mantiene su actitud desafiante, recostado en la silla como si estuviera en un trono de plástico.
Dulce observa a Uriel durante un largo silencio, buscando el tic, la microexpresión que delate al criminal.
Dulce dice con acento madrileño: "Uriel, no estoy aquí para juzgar si lo que hiciste fue correcto. Estoy aquí para entender si podrías volver a hacerlo. Me sorprende tu falta de ansiedad. Según los monitores, tus pulsaciones son las de alguien que está leyendo un libro de texto, no las de alguien acusado de homicidio."
Uriel se ajusta las gafas polarizadas, esbozando una sonrisa cargada de un cinismo brillante.
Uriel dice con acento argentino: "¿Ansiedad? Eso es para la gente que no tiene un plan, Dulce. ¿Puedo llamarte Dulce, no? Es un nombre muy... táctico para una sicóloga. Yo sé exactamente dónde estoy y por qué lo hice. Si un virus entra en tu sistema, corrés un programa de limpieza. Yo soy el programa de limpieza. Gabo era un bug, Humberto era el malware. ¿Te parece que un algoritmo tiene que sentir ansiedad?"
Dulce inclina la cabeza, fascinada por la estructura lógica y gélida del muchacho.
Dulce dice con acento madrileño: "Hablas de seres humanos como si fueran líneas de código, Uriel. Eso es un rasgo de desconexión empática muy severo. ¿No sientes nada por el vacío que dejaste en la familia de ese chico, o por el estado del doctor?"
Uriel dice con acento argentino: "Sentiría algo si las reglas fueran iguales para todos. Pero la IDO usa a pibes como Gabo o Costanza para procesar sus traumas y sacar guita. Si querés empatía, buscá en los servidores que hackeé. Ahí vas a encontrar el llanto de todos los que Ferrer rompió. Yo solo devolví el golpe con la misma frialdad que ellos aplican. Si eso me hace un psicópata para tu librito, anotálo. Pero soy el psicópata que detuvo el motor. Deberían agradecérmelo, ¿no te parece?"
[Trama El Despertar de Themis]: El Alfil en el Tablero Judicial
Despacho de la Jueza Montenegro - Palacio de Justicia
El despacho está sumido en una luz de atardecer. Armand Bonheur entra con la elegancia de un depredador que sabe que el terreno ha sido abonado. Su presencia de casi dos metros y su traje a medida imponen un respeto inmediato.
Armand coloca una carpeta azul sobre el escritorio de Marielba. Sus ojos verdes brillan con una determinación aristocrática.
Armand dice con acento parisino: "Señoría, asumo que tras su... visita de ayer, comprenderá que mantener a Uriel en una unidad forense es un riesgo innecesario. El chico no es un peligro para la sociedad; es el testigo principal de la mayor red de corrupción y abuso que ha visto esta ciudad."
Marielba lo mira desde su silla, todavía procesando la carga emocional del día anterior.
Marielba dice con acento granadino: "El informe de la sicóloga, la doctora Dulce, dice que Uriel es un individuo de alta capacidad con rasgos de desconexión, pero no es un asesino en serie. Sin embargo, Armand, el procedimiento es el procedimiento. Mató a un hombre y envenenó a un médico prestigioso."
Armand se inclina, apoyando sus manos de manicura perfecta sobre la mesa. Su voz es un susurro de autoridad.
Armand dice con acento parisino: "Mató a un agresor en defensa de una joven indefensa. Si usted lo mantiene encerrado, la IDO tendrá tiempo de fabricar una coartada. Necesito que firme la libertad bajo fianza y la protección de testigo para Uriel ahora mismo. Orestes Kirgyakos se hará responsable de su custodia. No deje que el formalismo proteja a los monstruos, Señoría."
Marielba toma la pluma, duda un segundo y finalmente firma con un trazo enérgico.
Marielba dice con acento granadino: "Lléveselo. Pero si ese chico desaparece o comete una sola imprudencia, su cabeza y la de Kirgyakos serán las próximas que ruede en este estrado. Dígale a su jefe que espero los servidores originales de Uriel en mi mesa mañana a primera hora."
Armand sonríe, una expresión de dientes blancos y éxito.
Armand dice con acento parisino: "Tendrá todo lo que necesita, Jueza. No se arrepentirá de esta decisión."
Marielba le hace un gesto para que abandone su despacho.
Armand inclina la cabeza sutilmente y sale sin mirar atrás.
Marielba murmura con acento granadino: "Eso espero... eso espero."
El despacho está sumido en una luz de atardecer. Armand Bonheur entra con la elegancia de un depredador que sabe que el terreno ha sido abonado. Su presencia de casi dos metros y su traje a medida imponen un respeto inmediato.
Armand coloca una carpeta azul sobre el escritorio de Marielba. Sus ojos verdes brillan con una determinación aristocrática.
Armand dice con acento parisino: "Señoría, asumo que tras su... visita de ayer, comprenderá que mantener a Uriel en una unidad forense es un riesgo innecesario. El chico no es un peligro para la sociedad; es el testigo principal de la mayor red de corrupción y abuso que ha visto esta ciudad."
Marielba lo mira desde su silla, todavía procesando la carga emocional del día anterior.
Marielba dice con acento granadino: "El informe de la sicóloga, la doctora Dulce, dice que Uriel es un individuo de alta capacidad con rasgos de desconexión, pero no es un asesino en serie. Sin embargo, Armand, el procedimiento es el procedimiento. Mató a un hombre y envenenó a un médico prestigioso."
Armand se inclina, apoyando sus manos de manicura perfecta sobre la mesa. Su voz es un susurro de autoridad.
Armand dice con acento parisino: "Mató a un agresor en defensa de una joven indefensa. Si usted lo mantiene encerrado, la IDO tendrá tiempo de fabricar una coartada. Necesito que firme la libertad bajo fianza y la protección de testigo para Uriel ahora mismo. Orestes Kirgyakos se hará responsable de su custodia. No deje que el formalismo proteja a los monstruos, Señoría."
Marielba toma la pluma, duda un segundo y finalmente firma con un trazo enérgico.
Marielba dice con acento granadino: "Lléveselo. Pero si ese chico desaparece o comete una sola imprudencia, su cabeza y la de Kirgyakos serán las próximas que ruede en este estrado. Dígale a su jefe que espero los servidores originales de Uriel en mi mesa mañana a primera hora."
Armand sonríe, una expresión de dientes blancos y éxito.
Armand dice con acento parisino: "Tendrá todo lo que necesita, Jueza. No se arrepentirá de esta decisión."
Marielba le hace un gesto para que abandone su despacho.
Armand inclina la cabeza sutilmente y sale sin mirar atrás.
Marielba murmura con acento granadino: "Eso espero... eso espero."
Re: [Trama El despertar de Themis]: Negocios Y Alianzas
AMENAZA LATENTE
Palacio de Justicia de Neo-Madrid - Sala de Vistas 03La sala es un mausoleo de mármol frío y madera de roble oscuro, donde el aire huele a papel rancio, cera de suelos y a la tensión eléctrica que precede a las tormentas. La luz cenital, blanca y despiadada, cae sobre el estrado, acentuando las ojeras de los presentes. El silencio es absoluto, roto únicamente por el zumbido de los sistemas de ventilación y el lejano murmullo del tráfico de la metrópoli. En los bancos del público, la atmósfera es de una gravedad asfixiante; la presencia de Orestes Kirgyakos, impecable y gélido, parece absorber la poca calidez que queda en el recinto.
La puerta lateral se abre y dos celadores empujan una silla de ruedas motorizada. En ella yace Humberto Ferrer, un hombre que hace apenas unos meses dictaba sentencias de vida sobre los desprotegidos y que hoy es una sombra espástica de sí mismo. La toxina de Uriel ha dejado su huella: su rostro, antes altivo, muestra una caída muscular en el lado izquierdo; sus manos, enfundadas en mitones de algodón, tiemblan con un ritmo frenético e involuntario. Sus ojos, sin embargo, conservan un brillo de odio lúcido, atrapados en un cuerpo que ya no le obedece.
Marielba Montenegro entra en la sala. El golpe de su mazo resuena como un disparo, obligando a todos a ponerse en pie. Su mirada se posa un segundo en las víctimas, Costanza, Aymara y Eloy, antes de fijarse en el acusado con una severidad granítica.
Marielba dice con acento granadino: "Se abre la sesión para la lectura de cargos en el caso contra Humberto Ferrer. Secretario, proceda."
El Fiscal, un hombre de mediana edad con expresión de fatiga crónica, se levanta, ajustándose la corbata mientras despliega un holograma de documentos sobre su mesa.
Fiscal dice: "Se imputan al acusado, Humberto Ferrer, los delitos de tortura sistemática, abuso de autoridad bajo tutela estatal, corrupción de menores, distribución de material pornográfico ilegal en redes encriptadas, negligencia médica criminal con resultado de lesiones permanentes en las víctimas aquí presentes e impedofilia."
En el banco de los testigos, Aymara mantiene la cabeza alta, aunque sus dedos se hunden en el brazo de Eloy. Él, con el rostro endurecido y la mandíbula apretada, observa a Ferrer con una mezcla de asco y triunfo. En el público, Fabián Fábrega respira con dificultad; ver al hombre que destruyó a su pareja reducido a ese estado le provoca una náusea física que lucha por ocultar bajo una máscara de profesionalismo médico.
Uriel, sentado junto a Armand, se niega a usar el traje que Orestes le compró. Viste su sudadera habitual, con la capucha caída, y observa el procedimiento con una desconexión que hiela la sangre. Cuando el Fiscal menciona el "envenenamiento" como un cargo contra el muchacho en un proceso paralelo, Uriel se inclina hacia el micrófono sin esperar su turno.
Uriel dice con acento argentino: "No me pongan en protección de testigos. Yo no soy una víctima asustada de este viejo verde. Lo que hice fue un 'hard reset'. Si quieren juzgarme, háganlo, pero no esperen que pida perdón por limpiar la mierda que ustedes dejaron acumular por años."
Armand Bonheur pone una mano firme de manicura perfecta sobre el hombro de Uriel, obligándolo a sentarse. El abogado se levanta, su estatura de casi dos metros proyectando una sombra imponente sobre el Fiscal.
Armand dice con acento parisino: "Señoría, mi cliente ha sido liberado bajo la custodia de mi representado, el Sr. Kirgyakos. Su testimonio es la piedra angular de esta acusación. La IDO ha intentado desviar la atención, pero aquí tenemos a la verdad sentada en primera fila."
Marielba observa a Ferrer, quien emite un sonido gutural, un intento de habla que se deshace en un hilo de saliva.
Marielba dice con acento granadino: "Doctor Ferrer, se le concede la palabra para una declaración inicial si sus facultades se lo permiten. ¿Se reconoce usted en los cargos que se le imputan?"
Humberto intenta enderezarse en la silla de ruedas. Su mano derecha se levanta unos centímetros, señalando a Aymara con un dedo tembloroso mientras un espasmo le recorre el cuello. Su voz sale como un susurro sibilante y roto.
Humberto murmura con dificultad: "Todos... son... míos. La ley... me dio... el derecho. Ustedes... no son nada... sin... control."
Aymara se endereza y habla ignorando el protocolo. Sus ojos sin luz se fijan exactamente en la dirección de la voz de Ferrer. El silencio en la sala se vuelve tan denso que se podría cortar.
Aymara dice con acento venezolano: "Ya no eres nuestro dueño, Humberto. Tu control terminó en aquel piso. Mírate... ahora eres tú el que depende de que otros tengan piedad. Y yo no tengo ninguna."
Eloy emite un sonido de aprobación, un gruñido profundo que resuena en las paredes de mármol. Marielba no los interrumpe; permite que el peso del dolor acumulado llene la sala por un instante antes de volver a golpear el mazo.
Marielba dice con acento granadino: "Esta presidencia admite a trámite todas las pruebas presentadas por la defensa de Uriel y la fiscalía. Se decreta la prisión preventiva hospitalaria para Humberto Ferrer y el embargo inmediato de todos los bienes de la filial de la IDO implicada. Esta farsa de impunidad se acaba hoy."
Orestes, desde el público, intercambia una mirada fugaz con la Jueza. Una chispa de entendimiento mutuo. Pero la victoria se siente prematura.
Justo cuando los celadores se disponen a retirar a Ferrer, las luces de la sala parpadean violentamente. Las pantallas holográficas del Fiscal se tiñen de rojo y una voz distorsionada, filtrada a través de los altavoces de emergencia del Palacio de Justicia, resuena en todo el edificio.
Voz sintética y con cadencia metálica dice: "Protocolo de Seguridad 09 activado. La Directiva Superior de Servicios sociales impugna la audiencia en curso. Las pruebas presentadas carecen de la rigurosidad científica y legal requerida. Solicitamos que se someta a evaluación la jurisdicción de este tribunal. Procediendo a la recuperación de activos."
En ese instante, las puertas principales de la sala se bloquean con un estruendo metálico.
Orestes se pone en pie, buscando a Dante con la mirada, mientras Uriel, con una sonrisa de absoluta comprensión, empieza a teclear frenéticamente en su terminal de muñeca.
Aymara y Eloy se agarran de las manos con el miedo marcándoles las facciones.
Humberto Ferrer los mira. El intento de sonrisa desfigura sus rasgos en en una máscara siniestra.
Fabián clava los ojos en Orestes. El griego le pide calma con la mirada.
Uriel murmura con acento argentino: "Se los dije... el sistema siempre tiene un 'fail-safe' para los traidores. Y yo no vine aquí para dejar que el sistema siga jodiéndonos la vida"
Un chisporroteo irrumpe silenciando la voz y dejando la sala del juzgado a oscuras.
Re: [Trama El despertar de Themis]: Negocios Y Alianzas
EL MAZO De LA SOMBRA
La atmósfera en el edificio se ha transformado en un campo de batalla invisible donde el olor a ozono quemado asfixia los pulmones. Los pasillos de servicio, habitualmente desiertos, resuenan con el eco de botas tácticas y respiraciones agitadas bajo una iluminación de emergencia de un rojo pulsante que desdibuja las facciones. Dentro de la sala, el aire es estático, cargado de una solemnidad violenta; el retorno de la electricidad no ha traído la luz, sino una penumbra fría que recorta las siluetas de los nuevos ocupantes como espectros de un poder antiguo e inapelable.Durante el parpadeo de las luces y el caos de la oscuridad penetrante, la eficiencia de Orestes se despliega como una coreografía ensayada en la sombra. Dante, con una linterna táctica acoplada a su muñeca, abre paso hacia la salida de emergencia de los magistrados, mientras Fabián carga con Aymara, cuya desorientación por la ceguera la hace tambalearse. Eloy se aferra a la chaqueta de Orestes, guiado por la vibración de sus pasos ante la pérdida de señal de su implante por el inhibidor de frecuencia. Uriel, lejos de estar asustado, teclea en la oscuridad, interceptando las cámaras de seguridad para borrar el rastro de su huida. Los cinco se evaporan por el túnel técnico justo antes de que los cierres magnéticos se reactiven con un chasquido hidráulico.
En la Sala 03, la luz regresa con una fijeza quirúrgica. Marielba Montenegro permanece tras su estrado, con el mazo aún en la mano, respirando el aire viciado. Frente a ella, la puerta principal se abre de par en par para dar paso a una comitiva que hiela la sangre de los presentes. El Presidente del Tribunal Supremo avanza con una parsimonia aterradora, flanqueado por dos miembros del Consejo General del Poder Judicial cuyos rostros son máscaras de absoluta indiferencia institucional.
Marielba dice con acento granadino: "¡Esto es un atropello, Excelencia! Han boicoteado una vista pública con tácticas de guerrilla urbana. Exijo que se identifique a los responsables de la activación del protocolo de seguridad y que se retome la sesión de inmediato."
El Presidente del Tribunal Supremo se detiene frente al estrado, ignorando la posición de superioridad física de la jueza. Le tiende un sobre lacrado con el sello de la alta magistratura mientras sus ojos, grises y gélidos, la inmovilizan.
El Presidente habla con tono imperativo
El presidente del tribunal supremo dice: "Silencio, Magistrada Montenegro. Su conducta en este proceso ha dejado de ser una búsqueda de la verdad para convertirse en una cruzada personal que este Consejo no va a tolerar. Queda usted suspendida de este procedimiento con carácter inmediato. Se le hace entrega de la orden de recusación por falta de imparcialidad manifiesta. Sus vínculos emocionales con el perfil de las víctimas han contaminado el sumario de manera irreversible."
Marielba abre el sobre, sus dedos tiemblan de pura rabia mientras lee las líneas que desmantelan semanas de trabajo en segundos. Armand Bonheur da un paso al frente, su estatura y su mirada verde desafían la presencia de los consejeros.
Armand dice con acento parisino: "Excelencia, esto es una obstrucción a la justicia de manual. Tenemos pruebas periciales que vinculan a la IDO con crímenes de lesa humanidad. No pueden simplemente borrar el rastro porque el acusado sea un 'activo' del sistema."
El Fiscal, aún recuperando el aliento tras el impacto de lo ocurrido, asiente con firmeza al lado del abogado.
El fiscal dice: "Me sumo a la protesta de la defensa. El Ministerio Público no reconocerá la validez de esta suspensión sin una revisión de las pruebas consignadas."
El Presidente del Tribunal Supremo se gira hacia ellos, su expresión es una mueca de desprecio absoluto.
El Presidente dice: "Si me sacan de mis casillas, caballeros, los acusaré de desacato aquí mismo y me encargaré de que sus licencias sean papel mojado antes del amanecer. Sean agradecidos. El Consejo ha decidido, en un alarde de benevolencia, levantar todos los cargos contra el impedido Uriel E., asumiendo que su 'arrebato' fue producto de su inestabilidad cognitiva. En cuanto al Doctor Ferrer, se ordena su traslado inmediato a una clínica de rehabilitación privada bajo régimen de prisión preventiva flexible. No vamos a permitir que se revictimice a un hombre de su prestigio tras haber sido envenenado por un sujeto al que pretendía ayudar."
Marielba golpea el estrado con la mano desnuda, ignorando el mazo. El sonido es sordo y desesperado.
Marielba dice con acento granadino: "Lo están enviando a un hotel de cinco estrellas pagado por la IDO. Esto es una burla a Eloy, a Aymara y a todos los que ese monstruo rompió. ¡No me voy a callar!"
El Presidente le dedica una última mirada de advertencia mientras sus acompañantes empiezan a recoger los expedientes digitales de la mesa del fiscal.
El Presidente dice con tono imperativo: "Usted ya no tiene voz en esta sala, Montenegro. El caso IDO queda bajo secreto de sumario y supervisión directa del Consejo. Retírese antes de que la escolta tenga que acompañarla."
Armand aprieta los puños, su mandíbula marcada por la impotencia. Sabe que las reglas han cambiado y que, a partir de ahora, la justicia ya no se buscará en los tribunales, sino en la guerra abierta que Orestes está a punto de desatar.
Mientras la comitiva judicial sale de la sala, Armand recibe una notificación en su terminal encriptado. No es de Orestes. Es un mensaje de un número desconocido con una sola imagen: una fotografía de la Jueza Montenegro saliendo de su casa esa misma mañana, vista a través de la mira telescópica de un rifle de precisión. Debajo, un texto breve reza: "La próxima vez, el protocolo no será benevolente".