La resiliencia de la reina Ferrari

Aquí se irán publicando las escenas de rol tanto de trama principal, como las que querais publicar los jugadores. Debido a la naturaleza de este foro, si se admite contenido NSFW.
Larabelle Evans
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Re: La resiliencia de la reina Ferrari

Mensaje por Larabelle Evans »

La pérdida de la Sorellina.

Punto de vista: Leila.


La luz de la mañana siciliana intentaba, sin éxito, romper la densa neblina emocional que se había instalado en la Villa Ferrari. En la espaciosa suite de Leila, el ambiente era una mezcla discordante de lujo y tensión. Leila estaba sentada frente a un juego de té que no tocaba, vestida con seda negra, su postura rígida. Cada tic-tac del reloj de pared era un golpe sordo que marcaba el tiempo perdido entre la partida de Karlo y Dalila y el silencio insoportable del rastreo.
Junto a ella, Zoe, ajena a la compleja telaraña de poder y traición, intentaba infundir un poco de alegría con su energía natural y americana.
Leila no tocaba su desayuno. No tenía ambre, estaba ansiosa, ya deberían haber llegado y darle noticias sobre Chiara.
Zoe la mira con una sonrisa discreta. si bien, es ajena a lo que susede, sí persibe la tención y la postura tan ríjida y ermetica de la italiana
Leila dice con acento siciliano, "No tengo ambre. "
Leila dice con acento siciliano, "mejor dime cómo sigue Maurizio?. "
Zoe dice con acento estadounidense: "leila, pleaase. solo es té, solo bebe un poco."
Zoe le pone carita tierna.
Leila agarra la taza con la mano temblorosa, la acercaa a sus labios y bebe un poco.
Zoe la acompaña, repitiendo exactamente el mismo movimiento, solo que ella si bebió un trago algo mas prolongado.
Zoe dice con acento estadounidense: "mauri está bien, pero me dio el susto de may life."
Leila deja la taza sobre el plato y mira a Zoe.
Leila dice con acento siciliano, "Te tocará acostumbrarte, es difícil pero así es la vida de nosotros en este negocio. "
Zoe suelta un suspiro largo y algo adolorido. si bien, ya lo medio savía y se lo imajinava, no es lo mismo que vivirlo. por una fraxión de segundo, una expreción de tristeza cruzó su rostro, pero cambió rápidamiente de tema
Zoe dice con acento estadounidense: "como te sientes por la boda? no todo es blanco y black"
Leila dice con acento siciliano, "Estai segura de que quieres este tipo de vida para tí?. "
Leila sonríe un poco con el tema de su boda.
Leila dice con acento siciliano, "En estos días vendrá la organizadora de eventos. Será en el Etna. Me hace ilusión, no lo niego."
Leila cambia a una expresión nostálgica cuando nombra el Etna, acordándose de chiara.
Leila murmura con acento siciliano, "Ya han tardado demaciado... "
Zoe suspira y se sienta frente a ella, adoptando un rostro algo mas serio de lo havitual.
Zoe dice con acento estadounidense: "pues, ya estóy aquí no?. O me darías oportunidad de pensarlo y retroceder?. Además, aquí tengo a mi boyfrien, y tampoco quiero estár lejos de tí"
Zoe sonríe un poco al escuchar las palabras de su amiga
Zoe dice con acento estadounidense: "es lindo que estés ilucionada"
Leila dice con asento siciliano, "Solo ten en cuenta que estár aquí es un cambio radical. Estás entrenando sí, Pero no es solo tu físico el que debes entrenar, es tu mente para ver todo lo que vas a seguir viendo y no perder la cabeza ni dejar que el miedo te domine. "
Leila dice con acento siciliano, "Y sobre todo... "
Leila la mira con más seriedad.
Leila dice con acento siciliano, "Tu lealtad. Por lo ocurrido con Chiara, ya vas sabiendo que la traisión es inperdonable. "
Zoe asiente afirmativamente.
Zoe dice con acento estadounidense: "por eso mi pregunta anteriór."
Leila dice con acento siciliano, "No, ya no puedes irte, ya viste cosas que no debías. "
Zoe sonríe haciendo un jesto de aceptación.
Zoe dice con acento estadounidense: "entiendo"
Leila la miró, sus ojos esmeralda se oscurecieron con una mezcla de cansancio, tristeza y resentimiento.
Leila dice con acento siciliano, "Si no me preocupara por la Famiglia, Zoe, ya estarías muerta en una cuneta en el puerto. Mi preocupación es lo único que nos mantiene vivos. "
Zoe se levánta de inmediato, colocándose a su lado, y rodeándola con sus brazos. un jesto que no era el intenso de siempre, era algo mas serio, mas profundo. un jesto que tratába de demostrar lealtad, compromiso, pero sobretodo, amistad.
Leila se deja abrazar un momento.
Un golpe suave y medido en la puerta interrumpió el momento.
Leila se tensó bajo el tacto de Zoe.
Leila dice con acento siciliano, "Adelante. "
ordenó Leila, su voz recuperando la autoridad.
Zoe se sepára de prisa, pero sin apartarse del todo, tratándo de darle algo de serenidad entre tanta tención
Michele entró. Se veía inusualmente pálido, y su traje, normalmente impoluto, parecía arrugado. Su rostro, por lo general una máscara de calma metódica, estaba cargado de una preocupación que no se atrevía a expresar.
Zoe vió el jesto y se tenzó de inmediato, adoptando una posición mas herguida.
Michele dice con acento trapanés, "Regina. Lo siento. Necesito hablar contigo. "
Leila miró a Michele. La ausencia de Karlo y Dalila la golpeó. Se puso de pie, la rigidez de su cuerpo era la única armadura que le quedaba.
Leila dice con acento siciliano, "Dime la verdad, Consigliere. ¿Qué pasó con Karlo y Dalila? ¿Dónde está Chiara? No me hagas perder el tiempo."
Michele se acercó lentamente a ella, sin atreverse a mirarla directamente a los ojos. Las palabras se le atoraban en la garganta.
Michele dice con acento trapanés, su voz era un susurro ronco, "Ya han regresado regina, pero... La misión... la misión no salió como esperábamos. Hay bajas."
Leila sintió un frío helado en el pecho, pero la Regina tomó el control.
Leila dice con acento siciliano, "¿Bajas? ¿De quién?, ¿guardias? ¿Dalila está herida? Habla claro, Michele. No des más rodeos... "
Michele alzó la vista, finalmente forzándose a encontrar los ojos de ella. La pena en su mirada era un espejo de la noticia.
Michele luchaba por encontrar las palabras precisas para explicarle sin causarle el dolor de que su Etna, la había traicionado por segunda vez, apunto de entregarse a los hombres de Alessio.
Michele dice con acento trapanés, "Fueron a Nápoles. Alessio les había tendido una emboscada. Sus hombres estaban esperando. Karlo y Dalila se enfrentaron a ellos. Fue una carnicería. Lograron ubicar el refugio donde Gianluca había llevado a Chiara."
Hizo una pausa, y en ese silencio, el mundo de Leila, se detuvo.
Michele dice con acento trapanés, "Chiara estaba ahí. Un mercenario la había acorralado. No quería ser llevada. Luchó. Karlo y Dalila intentaron contener el fuego cruzado, pero..."
Michele tomó aire, la última parte era la que le rompería el alma.
Michele dice con acento trapanés, "Gianluca intentó protegerla. Un acto estúpido. Pero lleno de la lealtad que no mostró contigo. Los hombres de Alessio no dudaron. Una bala perdida... y... y Chiara fue abatida, Regina. Murió al instante. Y Gianluca intentó vengarse, y también fue... neutralizado. Ambos. Están muertos."
Michele dice con acento trapanés, "Karlo y Dalila no tuvieron más que acabar con ellos. No quedó nadie de los hombres de Alessio. "
La noticia no fue un impacto. Fue una aniquilación.
Leila no gritó. No lloró. No se movió. Se quedó de pie, la sangre drenando de su rostro, dejando una palidez cadavérica. Sus ojos esmeralda se quedaron fijos en Michele, pero no lo veían. Veían a Chiara en el balcón de la villa Martini, Chiara riendo, Chiara cubriéndola con su cuerpo.
Leila dice con acento siciliano, su voz es un susurro incrédulo, roto, "¿Abatida? No. No, Michele. Chiara no muere así. Ella es mi sorellina. Ella no... no se rendiría."
Zoe de inmediato por impulso quiso cubrirse el rostro. pero en vez de eso, tomó la mano de la regina con firmeza. no le inportaba si la sentía o no. pero zoe sentía que darle lo mas sercano a un ancla al perderse en su mente. era loque devía hacer
El control de la Regina se desintegró. La otra mano de Leila voló a su boca, el sonido de su propio jadeo era el único ruido en la Suite. El aire se hizo delgado. Su respiración se volvió superficial y rápida.
Leila dice con acento siciliano, su voz subiendo a un tono histérico, "¡Mientes\! ¡Traes un informe falso\! ¡Gianluca no la dejaría morir sin pelear así\! ¡Chiara no... Chiara no estaba sola\!"
Michele se acercó, la compasión en su rostro era casi dolorosa.
Michele dice con acento trapanés, "Regina, lo siento. Dalila lo vio. No había nada que hacer. Se resistió a ser capturada, incluso por nosotros. Se interpuso. Y Alessio ganó, pero no se la llevó. "
Zoe no soltó su mano en ningún momento
Leila dio un paso hacia atrás, el impacto físico la hacía temblar.
Leila grita, su voz finalmente se rompe en un lamento ahogado que revienta la calma de la Suite, "¡No\! ¡Mi sorellina\! ¡Etna! ¡Yo la quería de vuelta! "
Leila Se desplomó de rodillas en el mármol frío, el traje de seda arrugándose. Era un colapso total, la Reina despojada de su corona, reducida a una amiga que había perdido a su hermana de elección. Las lágrimas brotaron, lágrimas de rabia, de traición, de amor perdido y de recuerdo eterno.
Michele se arrodilló a su lado, impotente.
Michele dice con acento trapanés, "Lo siento, Leila. Lo siento mucho."
Leila no lo escuchó. Solo podía sentir el vacío, la ausencia brutal de la única persona que había estado a su lado antes de Mássimo, antes de la corona.
Zoe se dejó caer junto con su amiga, solo que de forma mas suabe aún sin soltarla. no hablaba, no demostraba, zoe, estába rompiendo toda espectatiba de simisma, por que no actuaba. solo, acompañaba, escuchaba, estába.
Leila grita, con el rostro en el suelo, su voz un murmullo roto de dolor, "¡Se fue! ¡Me dejó! ¡Gianluca me la quitó! ¡Alessio me la quitó!
El silencio regresó, pero esta vez, era un silencio de luto, un sudario pesado que envolvía a la Regina rota en el suelo de su propio palacio. La lealtad había costado un precio demasiado alto. Y por primera vez desde Montenegro, Leila sentía que estaba verdaderamente, absolutamente, sola.
Larabelle Evans
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La Memoria del Etna.

Punto de vista: Leila.


El día amaneció sobre la Villa Ferrari con una crueldad indiferente. La luz del sol, que debería haber sido un bálsamo, se sentía como una agresión. En la Suite de Leila, las cortinas estaban corridas, dejando la habitación en una penumbra artificial y pesada. El aire era denso, impregnado con el olor a antiséptico suave, seda húmeda por las lágrimas secas y la quietud absoluta de una mente paralizada.

Leila yacía en la vasta cama, una figura diminuta y frágil en el centro de un edredón de seda negra que parecía absorber toda la luz. Dos días de luto total habían cobrado un peaje físico brutal. Su piel tenía una palidez cerúlea, su boca estaba seca y agrietada por la falta de hidratación, y las profundas ojeras bajo sus ojos esmeralda atestiguaban el insomnio impulsado por el dolor. Una aguja diminuta de un suero intravenoso brillaba en la parte posterior de su mano, el único signo de que su cuerpo seguía luchando por vivir.

Desde que Michele le había dado la noticia, la Regina había desaparecido. Solo quedaba Leila, la mujer que había perdido a la única persona que había visto su alma sin el filtro de la corona.
El primer día fue un descenso al abismo. Leila se negó a levantarse, a hablar, a mirar el mundo exterior. El llanto fue un tormento constante, un lamento ahogado que saturó el silencio de la Suite. Cada ola de dolor traía consigo un recuerdo, nítido y cruel, que la obligaba a revivir la vida que Gianluca y Alessio le habían arrebatado.
Flashback: La Promesa de la Bodega.

Una noche fría en una vieja bodega portuaria de Catania. Ellas dos, con el pelo recogido y la ropa sucia, habían terminado un entrenamiento brutal de defensa personal. Chiara, agotada, se había desplomado sobre unas cajas. Leila, con un labio partido, se había arrodillado a su lado.

Chiara dice con acento siciliano, con un jadeo, "Dios, si no nos convertimos en las jefas, al menos seremos las mejores matonas. El negocio se lava, pero la sangre es la sangre."

Leila se había reído, un sonido áspero. "La sangre es la sangre. Pero la mente es el arma. Siempre."

Chiara había asentido, pero luego se había puesto seria. Había tomado la mano de Leila, sus dedos cubiertos de polvo y sudor. "Prométeme una cosa, Leila. Si alguna vez… si alguna vez una de las dos cae, la otra la recoge. O la venga. Sin preguntas. Somos un equipo. Sin sentimentalismos, solo negocio y yo, tú Consigliere, te lo juro."

Leila había apretado su mano. "Juramento hecho, sorellina."

El recuerdo se rompió con un gemido. Ahora, Leila no podía recogerla, y la venganza se sentía vacía y distante.

Zoe, con su paciencia inusual, era su guardiana silenciosa. Estaba sentada en un sillón, leyendo una revista que no entendía, pero su presencia era un ancla suave. A veces, solo se acercaba, mojaba un paño con agua fresca y lo pasaba por la frente febril de Leila, sin hablar.

Maurizio entró dos veces, con la discreción de un fantasma. Se limitó a revisar el equipo de suero y asegurar que la puerta estuviera cerrada con doble llave. Su presencia era la de la lealtad silenciosa de la Famiglia.

Karlo, fue más contundente. Se acercó a la cama, su sombra cayendo sobre ella.

Karlo dice con acento siciliano, "Leila. La Famiglia está firme. El puerto se mueve. Levántate."
Karlo dice con acento siciliano, “Te necesitamos todos, Leila.
Leila no respondió. Solo giró el rostro hacia la almohada, su silencio era una pared infranqueable. Karlo, sin obtener respuesta, suspiró y se retiró.
Michele también había ido a verla, se acercó a la cama con preocupación. Él veía a Leila como una pequeña que había tenido que tomar el mando de Catania sin tener más opciones. Pero a la que la vida la estaba castigando demasiado. Le parecía injusto el dolor de Leila, no se merecía sufrir por una donna que se olvidó de ella a la primer oportunidad.
Michele se sentó en la cama acariciando el cabello revuelto de su prima, buscando darle consuelo, pero todo era envano.
El segundo día, el llanto cesó, reemplazado por un vacío peligroso. Leila estaba semi-inconsciente, a la deriva entre la realidad y el recuerdo. Los médicos de la Villa, alertados por Zoe y Maurizio, monitoreaban sus signos vitales con preocupación. Su negativa a comer o beber convertía el luto en una amenaza médica.
Flashback: La Curación en Turín.
Turín. Días después de su rescate. Leila, aún con la mente quebrada por el trauma de Montenegro, se había despertado gritando. Chiara había estado allí. No Mássimo, no los médicos. Solo Chiara.

Chiara dice con acento siciliano, su voz suave y llena de lágrimas, "Estoy aquí, Leila. Estoy aquí. No te hicieron nada que no puedas superar. Eres el Etna, recuerdas. Eres fuego bajo hielo."

Chiara, débil por la tensión y el viaje, la había abrazado, susurrándole nombres de lugares que conocían, recetas antiguas, chistes internos. Se había quedado en la cama con ella, con las sábanas empapadas en sudor frío, anclándola a la vida.

El recuerdo la golpeó con la fuerza de una traición. Ella había estado allí para Leila. Pero Leila no había podido estar allí para ella. Había dado una orden de captura de activos, no de rescate de una hermana.

Zoe la sacó del recuerdo, suavemente.

Leila, sin abrir los ojos, sintió el toque de Zoe. Ella era la única que no representaba a la Famiglia ni a la Cosa Nostra. Era un hilo frágil con la humanidad.

Flashback: La Piazza del Duomo.
Hace un año. Un almuerzo rápido en catania. Chiara, Martyna y Bruno. Risas, planes inocentes. El sol brillante. Chiara se había inclinado sobre la mesa, con una sonrisa maliciosa.

Chiara dice con acento siciliano, "¿Sabes lo mejor de todo esto, Regina? Es que nadie sabe que la mujer que acaba de ordenar el movimiento de veinte millones está aquí, comiendo pasta con nosotros, riéndose como una adolescente. Eres un monstruo de belleza, Leila Ferrari."
Leila había respondido con una sonrisa helada. "Y tú, mi Sorellina, eres el único espejo que tengo para recordármelo."
El espejo se había roto.
El segundo día se consumía, y Leila, al borde de la deshidratación y el colapso mental, sintió un terror más frío que el dolor. El terror de la soledad total. Necesitaba un ancla, no de Famiglia, sino de fuerza.
Abrió los ojos por primera vez en horas, mirando a Zoe para que le pasara su teléfono.
Luego con esfuerzo, marcó el número de Mássimo.
Leila dice con acento siciliano, su voz un murmullo rasposo que rompió el silencio de la Suite, Mássimo. Chiara está muerta, Estoy en la villa, Ven por favor.
Fue la única frase que pronunció en 48 horas. La única orden que la Regina dio desde el infierno personal. Mássimo. El único hombre que había visto su debilidad y la había devuelto a la vida. El único que podía, quizás, devolverle la voluntad de pelear.
La llamada a Mássimo había sido el último acto de voluntad de Leila antes de caer en un letargo de agotamiento. El tiempo se había estirado y encogido a su antojo, pero en algún punto, la quietud de la Suite fue interrumpida.

Antesala del funeral.


Michele regresó al caer la tarde, la luz que se filtraba por las rendijas de las cortinas proyectaba sombras alargadas sobre el mármol. Había dejado la rigidez del Consigliere en la puerta, entrando con la postura más suave y familiar del primo. Llevaba una bandeja de plata con una pequeña tetera, caldo y un vaso de agua. Zoe, que había estado a su lado, lo saludó con un asentimiento de gratitud y se retiró a un rincón, permitiendo el espacio necesario para la intimidad.

Michele se acercó a la cama, sentándose con delicadeza en el borde. Con lentitud, le ofreció el vaso de agua a Leila, ayudándola a levantarse ligeramente para beber.

Michele dice con acento trapanés, su voz era un bálsamo tranquilo: "Bebe un poco, cugina. Tienes que anclarte a la vida, por ti. Por la Famiglia."

Leila bebió, el agua fresca era un choque violento pero necesario. Su garganta rasposa por el llanto se humedeció, y el mundo dejó de girar tan rápido.

Leila dice con acento siciliano, su voz apenas audible: "Ella... ¿Se ha ido, Michele? ¿Es verdad?"

Michele la miró a los ojos, sin mentir, pero suavizando el golpe con afecto.

Michele dice con acento trapanés: "Sí, cara. Se fue. Pero no sola. Se fue con Gianluca. Juntos. Y luchando. Nunca se rindió, Leila. Murió con el orgullo de la mujer que siempre fue."

La frase de consuelo era una espada de doble filo. El orgullo que la había salvado era el mismo que la había matado.

Leila cerró los ojos, asimilando la verdad. Luego, sintió el familiar toque de la mano de Michele en su hombro.

Michele dice con acento trapanés: "La Famiglia no puede quedarse en silencio, Leila. Tienes que salir de esta cama. Tenemos que cumplir con la ceremonia. Un funeral digno. Es un protocolo que le debes a Catania y a la memoria de Chiara."
Leila no reaccionó.
Michele continuó, con firmeza suave.
Michele dice con acento trapanés, "Dalila y los demás han sido impecables. Han recuperado el cuerpo, han quemado lo que Alessio les obligaba a quemar y han limpiado toda la evidencia. Nadie sabrá la verdad.
Hizo una pausa y luego la miró con una seriedad que Leila entendió.
Michele dice con acento trapanés: "La Regina tiene que levantarse y llorar en público. Por una hora. Luego, la Regina vuelve a la vida. Es lo que Chiara hubiera querido para proteger el negocio."
Leila asintió lentamente, la lógica de la Cosa Nostra penetrando su luto. Era un teatro necesario.
Michele se puso de pie y se dirigió a una pequeña caja de madera oscura que había dejado sobre la mesita de noche. La abrió con cuidado reverente. Dentro, envuelta en un pañuelo de seda color marfil, había una urna de metal sencillo, casi rústico, del tamaño de una palma.
Michele dice con acento trapanés, su voz se quebró apenas: "Aquí está, cugina. Es lo que pudimos salvar. Dalila insistió en traerlo de inmediato. Para que tuvieras la última palabra."
Leila miró la urna, la evidencia física y brutal de la pérdida. No era un símbolo. Era el final.

Extendió sus manos temblorosas y tomó la pequeña caja. El frío del metal penetró en sus palmas, un ancla helada a la realidad. Apretó la urna contra su pecho, la tela de seda absorbiendo las lágrimas que brotaban sin control. El gemido que escapó de su garganta era más profundo y primario que cualquier otro, un lamento de dolor absoluto por la amiga, la hermana, el pilar que había sido y que ahora se había reducido a cenizas en sus manos.
Leila dice con acento siciliano, con un murmullo que se ahogaba en la tela: "Mi sorellina... Mi Etna... Te fallé."
Michele la dejó llorar en paz por un largo rato, su presencia silenciosa era el único testigo de la rendición de la Regina. Cuando el llanto se calmó, Leila se separó, sus ojos rojos e hinchados, pero con una nueva claridad. Apretó la urna por última vez contra su pecho.
Leila dice con acento siciliano, con una voz extrañamente firme a pesar de todo: "Prepara la ceremonia, Michele. Que sea sobria. Que sea un adiós silencioso y digno. La Regina llorará a su Ex Consigliere."
Se levantó de la cama, la urna todavía aferrada a su pecho. El suero intravenoso se desprendió de su mano, goteando sangre en la alfombra, un detalle que Leila ignoró.
Leila dice con acento siciliano, "Tengo que dar la cara a Catania. Y luego, me encargaré de Alessio. La venganza de Chiara será la sangre de Palermo."
Larabelle Evans
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Re: La resiliencia de la reina Ferrari

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Funeral protocolario.

Punto de vista: Leila.


Cementerio Monumental de Catania, Sicilia.
Corre un mediodía asfixiado por el siroco. El cielo no es azul, sino de un tono ocre sucio que hace que el Etna, al fondo, parezca una presencia espectral. El aire pesa, cargado de un polvillo volcánico que se pega a la piel y al mármol de los panteones. El olor es una mezcla densa de incienso, nardos en descomposición y el aroma metálico de la tierra removida. Aquí, la muerte no es un suceso privado; es una exhibición de jerarquía.
El coche fúnebre, un Maserati negro de líneas severas, avanza por el pasillo central escoltado por una fila de hombres de negro. Maurizio, lugarteniente de la Regina, camina con una rigidez militar; viste un traje de lana fría de Ermenegildo Zegna que no permite una sola arruga. A su lado, su pareja Zoe rompe la sobriedad con una elegancia felina: luce un vestido midi de encaje siciliano negro, con un forro de seda que brilla sutilmente bajo el sol, y unos zapatos de tacón de aguja de Christian Louboutin cuya suela roja es lo único que desentona en el funeral. Sus ojos están ocultos tras unas gafas oscuras de montura ancha, observando cada ángulo del cementerio.
Karlo cierra la marcha. Su rostro es una máscara de granito. Lleva un abrigo ligero de corte recto sobre un traje oscuro, y sus manos, enguantadas en piel de cabritilla, sostienen el peso de un respeto que hoy se siente como una carga.
Junto a la fosa abierta, el grupo principal aguarda. La Regina Leila Ferrari es el eje de la escena. Viste un diseño de alta costura de Dolce & Gabbana: un vestido negro azabache de cuello cerrado y mangas largas, con un velo de tul que cae desde un pequeño sombrero pillbox, velando su rostro pero no su autoridad. En sus manos porta un rosario de oro y ónice, un regalo de la familia que hoy parece una cadena. A su derecha, la Nana, una mujer de negro eterno y piel curtida como el cuero, sostiene una sombrilla de encaje para proteger a la Regina, murmurando oraciones en un dialecto cerrado que suena a maldición.
A su izquierda, Mássimo, su ancla, permanece firme como la columna que la sostiene. Vittoria vestida por un diseño propio, cierra el cerco. Detrás, Los Escalanti, Martyna, Fabiano y Gianna, vestidos para la ocasión, son la red de apoyo que sostiene los retazos de dolor de la Regina.
Michele Venturi Ferrari, el Consigliere, permanece un paso por detrás. Su traje es de una perfección técnica: un tres piezas en gris marengo tan oscuro que parece negro, con una camisa de cuello italiano blanca inmaculada. Sus zapatos de piel de becerro, pulidos hasta el reflejo, no recogen ni una mota del polvo siciliano. Su mirada es un escáner constante; busca en el horizonte cualquier señal de los hombres de Santoro.
Dalila aparece por el flanco izquierdo, moviéndose con una cadencia que atrae todas las miradas. El traje de chaqueta de corte arquitectónico que eligió en el atelier le otorga una silueta de columna de ébano. La chaqueta, de hombreras marcadas y cintura entallada, se cierra con un solo botón de plata. La falda lápiz termina justo bajo la rodilla, revelando unas medias de cristal negro y unos stilettos de Gianvito Rossi con una tira fina en el empeine que acentúa la tensión de sus tobillos.
Dalila se detiene cerca de Michele, pero sus ojos azul cian están fijos en el ataúd de madera de nogal con herrajes de plata. No hay flores de colores, solo coronas inmensas de rosas blancas y espinas, con cintas de seda donde se lee: "A la lealtad eterna". Un mensaje irónico, dado que ella misma fue quien detuvo el corazón de la mujer que yace dentro.
El padre Alberto, encargado de la diócesis de Catania habla del perdón, de la lealtad y el honor de la famiglia. De la unión por encima del odio y del cielo esperando por quienes han entregado la vida por sus principios.
Leila escucha con un nudo en la garganta.
El sacerdote continúa con su discurso. Los hombres, apostados en ambos anillos de seguridad, se mantienen atentos al camposanto.
Michele Venturi da un paso al frente, tomando un puñado de tierra volcánica. Sus ojos se cruzan un instante con los de Dalila, una conexión eléctrica que ignora el protocolo fúnebre.
Karlo está serio, recordando las palabras de Chiara. Se preguntaba ¿cómo era posible que le ubiera causado este dolor a Leila, después de haberle dado todo?.
Dalila desvía la mirada. Sus ojos siguen a la figura desentonante que se detiene junto a Karlo. Shawnee, vestida de cuero negro, mira hacia el frente con una tensión casi palpable.
Shawnee miraba por momentos el ataúd de Chiara, realmente algo le decía que ella no era de confiar y su muerte solo le confirmaba su teoría.
el sacerdote finaliza el discurso. Una seña discreta hace que los sepultureros se aproximen. Un pequeño dispositivo inicia el descenso del ataúd. Demasiado lento, demasiado pesado.
Leila derrama lágrimas silenciosas, a pesar de que ella tenía las cenizas de Chiara, el momento que estaba viviendo la quebraba. Mássimo la abrazaba protector.
A medida que el ataúd baja, algunos de los asistentes se aproximan con la tradicional tierra en el puño. La mayoría no dice nada, simplemente deja la tierra caer.
el sonido de la tierra y las piedras contra la madera retumbaba en el silencio del camposanto. La brisa sofocante que sacudía la copa de los árboles solo traía consigo un bochorno asfixiante.
Dalila permanece alerta. Su mirada pasa de objetivo en objetivo: la regina, il consigliere, los marttini, los Escalantti. sus ojos vigilaban, pero su mente estaba enfocada en Santoro. quería equivocarse, pero los hombres sin honor también eran predecibles.
Algunos hombres presentan sus respetos a la Regina.
Leila solo logra asentir con un gesto frío.
el sacerdote se despide de la Regina y de Mássimo.
Dices con acento Siciliano: "Gracie. "
Los sepultureros inician el rellenado de la tumba.
el sacerdote solo hace un gesto de cabeza antes de retirarse.
Dalila hace un gesto discreto. Un par de hombres escoltan al sacerdote.
Dalila habla en voz muy baja para que solo Michele oiga.
Dalila murmura con acento milanés: "El perímetro está limpio, consigliere. El funeral ha terminado. Ahora es el momento de que los vivos vuelvan a sus puestos."
Dalila hace una seña discreta.
Michele asiente afirmativamente.
Karlo y Maurizio asienten, formando un pasillo humano para que la Regina abandone el cementerio. Mientras el séquito se retira, el polvo del siroco empieza a cubrir la fosa, empezando el proceso de borrar el nombre de Chyara D'Amico de la historia de los Ferrari, dejando solo el mármol frío y el tic-tac de los planes que aún están por ejecutarse.
Dalila se dispone a marcharse.
Michele la detiene sutilmente.
Dalila lo mira.
Michele murmura con acento trapanés, "Dalila, necesito hablar contigo en mi despacho. "
Dalila se limita a asentir con la cabeza y se aleja, vigilante de que todo marche según la logística planificada.
Larabelle Evans
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Re: La resiliencia de la reina Ferrari

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Ordenando el Último Viaje de la Etna.

Punto de vista: Leila.


El regreso a la Villa después del funeral fue un proceso mecánico. El luto público de Leila había terminado. Se había despojado del velo, del traje de alta costura, y de la máscara de acero. Ahora, solo quedaba la quietud. La quietud de una tormenta que ha pasado, dejando a su paso escombros y un cielo pesado.
Se encerró en el despacho privado, la pequeña urna de metal sencillo que contenía las cenizas de Chiara sobre la caoba pulida. Michele había vuelto a su puesto; Karlo supervisaba la seguridad perimetral. La maquinaria de la Famiglia volvía a girar, sin permitirse el lujo de la pausa. Solo Mássimo permanecía a su lado, una presencia silenciosa, esperando.
Leila no necesitaba que le preguntaran qué hacer; sabía lo que le tocaba. La Regina había asegurado sus activos; ahora, la amiga debía despedirse.
Se acercó a la urna, sus dedos rozaron el metal frío. No lloró. Había agotado sus lágrimas. Solo quedaba una determinación profunda y melancólica, un deseo de redimir, al menos en la memoria, el final abrupto y amargo de su sorellina.
Leila dice con acento siciliano, su voz es baja, un eco: "Nápoles. Debemos ir a Nápoles."
Mássimo, que había estado observándola desde la esquina, se acercó de inmediato, su rostro pragmático.
Mássimo dice con acento turinés: "¿Nápoles? ¿Por qué, Leila? Es territorio incierto. Y Gianluca usó un refugio cerca, la zona está caliente."
Leila levantó la vista, sus ojos esmeralda, aunque hinchados, reflejaban la resolución de su decisión.
Leila dice con acento siciliano: "Chiara no es de Catania. Nació cerca de Nápoles, cerca del mar y del Vesubio. Allí creció, en la casa familiar que su tío les arrebató. Esa casa, ese mar, es lo último que sus padres vieron antes de que fueran acribillados, y ella quedara sola, una niña de 17 años, con la sangre de su Famiglia en las manos."
Tomó la urna, apretándola suavemente.
Leila dice con acento siciliano: "Esa tierra la hizo el Etna que fue. El fuego bajo el hielo. Ella me devolvió la vida en Turín, me hizo la Regina que soy. Le debo este último acto de amor y respeto. No es un funeral de la Famiglia, amore. Es un viaje de dos amigas y la memoria de una pérdida. Ella debe volver a su origen, no quedarse como un adorno en mármol siciliano."
Mássimo asintió. Entendía la necesidad de cerrar el cíclo.
Mássimo dice con acento turinés: "Muy bien. ¿Quién te acompaña? La seguridad es mi prioridad."
Leila ya lo había decidido. Se dirigió al teléfono de línea segura.
Leila dice con acento siciliano: "Martyna irá conmigo. La necesito cerca. Y necesito a la gente de Chiara. Los gemelos. Piero y Angelo."
Leila le envió un mensaje breve a Martyna para que se preparara.
Después llamó a los gemelos. Piero y Angelo eran la sombra de Chiara cuando ella era la mano derecha de Leila. Leales, silenciosos y con la habilidad de desaparecer y reaparecer. Estuvieron presentes en el rescate de Leila en Montenegro, una lealtad forjada en la sangre.
Piero dice con acento siciliano, su voz grave: "Estaremos en el helipuerto de la Villa en una hora, Regina. Usaremos el Augusta, es el más rápido."
Angelo dice con acento siciliano, con un tono inexpresivo: "Nosotros nos encargaremos de la seguridad y del vuelo. Como siempre lo hicimos para ella."
Leila se giró hacia Mássimo, quien ya estaba haciendo llamadas discretas.
Leila dice con acento siciliano: "Quiero que vengas conmigo, amore. Eres lo único que necesito ahora."
Mássimo finalizó su llamada con un gesto firme.
Mássimo dice con acento turinés: "Estaré contigo. Nos vamos en el Augusta. He puesto a Salvatore y a Corrado en el equipo de seguridad adicional en el helicóptero. Cubrirán nuestro perímetro. No quiero más sorpresas. Este es tu dolor, no nuestro campo de batalla."

Hacia el Vesubio.


Una hora más tarde, el helicóptero Augusta A109 de la Famiglia se elevaba sobre la Villa Ferrari. Era un contraste brutal: el lujo de la aeronave blindada llevando la carga más humilde y dolorosa.
En la cabina, el ambiente era pesado. Piero y Angelo, concentrados en los controles y la ruta, apenas respiraban. Vestían trajes de vuelo oscuros, sus auriculares bloqueando el ruido del rotor. Su silencio era un luto palpable.
Leila estaba sentada junto a Mássimo, la urna de Chiara en su regazo, envuelta en el mismo pañuelo de seda marfil. Martyna iba al otro lado, la mano suave pero firme en el hombro de Leila. Salvatore y Corrado, los dos guardias, estaban en la parte trasera, sus rostros pétreos, sus armas listas.
Mientras el helicóptero cruzaba el estrecho y se dirigía hacia el Golfo de Nápoles, Leila miró por la ventanilla. La costa siciliana se encogía, y la península se acercaba, prometiendo un reencuentro con un dolor antiguo.
Leila cerró los ojos, sintiendo el vacío que Chiara había dejado.
Leila (pensando): Tu alma nació en el fuego del Vesubio, y tu voluntad fue tan dura como la lava. Me enseñaste que la lealtad es sangre. Y me traicionaste con el capricho de la carne. Pero no te perdono por el error. Te perdono por el amor. Y el amor te trae de vuelta a casa.
Cuando la silueta imponente del Vesubio se hizo visible en el horizonte, Mássimo apretó la mano de Leila.
Mássimo dice con acento turinés, en un susurro, sobre el ruido de la cabina: "Estamos llegando, piccolina. El mar está esperando."
El helicóptero sobrevoló la costa napolitana, acercándose a una cala desierta que Piero había asegurado. El viento del rotor levantaba el polvo de la tierra y la arena. Era el lugar que Leila había elegido: una franja de playa solitaria, dominada por la montaña volcánica. La tierra de Chiara.
Al aterrizar, los gemelos bajaron primero, seguidos por Salvatore y Corrado, quienes establecieron un perímetro inmediato.

dolorosa aceptación y juramento.

Punto de vista: Leila.


Leila, sostenida por Mássimo y Martyna, descendió. El aire napolitano era más salino y áspero que el de Sicilia.
Ella se arrodilló en la arena oscura, el mar rompiendo con un sonido melancólico a pocos metros. Martyna se arrodilló con ella, y Mássimo se quedó de pie, observando.
Leila abrió la urna. El último acto de la Regina Ferrari se había reducido a esto: una mujer, arrodillada en la arena, devolviendo a su hermana al mar y a la tierra de su dolor.
Leila dice con acento siciliano, su voz es un lamento silencioso que solo Martyna y Mássimo escuchan: "Aquí te dejo, sorellina. Vuelve a la tierra que te dio tu fuerza. Vuelve al mar, lejos del fuego de Sicilia que nos quemó a ambas."
Leila, con la urna entre las manos temblorosas, vertió una pequeña porción de las cenizas oscuras sobre la arena. El polvo fino fue absorbido de inmediato por la tierra volcánica. Cerró los ojos, concentrando toda la furia y el amor en las palabras que el viento se llevaría.
Leila dice con acento siciliano, su voz cargada de una tristeza hiriente: "Eras mi Etna, sorellina. Fuego y estabilidad. Me prometiste que nunca me dejarías. Me juraste lealtad sobre la sangre y la mafia, y yo te creí. ¡Maldita sea, Chiara, te creí!"
Una lágrima solitaria se deslizó por su rostro, cayendo sobre la arena y marcando un círculo oscuro junto a las cenizas.
Leila dice con acento siciliano, su tono se suavizaba en una confesión dolorosa: "Me dejaste por un capricho. Por un hombre que no valía tu juramento. Arrojaste todo por el borde, el respeto, la seguridad, la Famiglia. ¿Cómo pudiste ser tan estúpida? Me pusiste en un lugar donde tuve que ordenar tu captura, no tu rescate. Me obligaste a elegir entre el Etna y la corona, y la corona siempre gana. ¡Y te odio por eso!"
Apretó la urna contra su pecho de nuevo, buscando la fuerza para la segunda parte.
Leila dice con acento siciliano, "Pero más te odio por obligarme a amarte tanto, incluso ahora. Te perdono, Chiara. Te perdono por el error, por el dolor, por la traición. No porque fueras mi Consigliere, sino porque fuiste mi única familia. La única que vio el infierno de Montenegro y no huyó. La única que me devolvió el alma en Turín."
Se inclinó, mirando las cenizas esparcidas.
Leila dice con acento siciliano: "El juramento fue mutuo. Y yo no te recogí. Así que debo vengarte. Yo no olvido la sangre. Y Alessio pagará por la cobardía de Gianluca y por la rabia de mi corazón."
Martyna se arrodilló más cerca, con la mirada clavada en la espalda de Leila, sintiendo la intensidad de su juramento.
Leila, con un suspiro que sonó a rendición, tomó la urna y caminó hacia el borde del agua. El mar rompía suavemente, lamiendo la arena. Con un movimiento lento y deliberado, giró la urna y dejó que el resto de las cenizas se dispersara en la espuma salada.
El gris del polvo se disolvió en el azul oscuro del mar, mezclándose con las olas que se dirigían hacia el Vesubio, la montaña de origen de Chiara. Por un instante, pareció que el mar se calmaba, aceptando la carga.
Leila dice con acento siciliano, con una voz fuerte y clara que el viento intentó llevarse: "Descansa, sorellina. Y que el Vesubio se acuerde de nosotras."
Leila se quedó inmóvil, mirando cómo el último rastro físico de su hermana desaparecía. La pérdida era absoluta, irreversible. Se había ido.
Martyna se acercó y la abrazó por la cintura, un apoyo firme.
Martyna dice con acento Italoamericano, "Se fue a casa, Leila. Ahora, volvamos a la nuestra. Catania nos espera."
Leila se separó del abrazo, su rostro era una máscara de dolor aceptado, pero sus ojos brillaban con una resolución helada.
Leila dice con acento siciliano, "Sí. Volvamos a casa, Martyna. Y preparemos la guerra. Ya no hay Etna. Solo hay una Regina con una deuda de sangre."
Tomó la mano de Mássimo, su ancla de acero. Juntos, se dieron la vuelta y caminaron de regreso hacia el helicóptero, dejando solo huellas en la arena que el mar pronto borraría. El último viaje de Chiara D'Amico Valestra había terminado.
Larabelle Evans
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Registrado: Mar Jul 02, 2024 4:52 am

Re: La resiliencia de la reina Ferrari

Mensaje por Larabelle Evans »

El Desglose de un Imperio Silencioso.

Punto de vista: Leila.


El sol del mediodía siciliano se filtraba a través de las celosías del despacho principal de la Villa Ferrari, creando franjas de luz y sombra sobre la caoba. El aire acondicionado mantenía la temperatura en un punto de cálculo frío, neutralizando el calor exterior. Había pasado un día desde el regreso de Nápoles, y el luto, aunque profundo, había sido rigurosamente apartado en favor de la operatividad.
Leila estaba sentada a la cabeza del escritorio, vestida con un conjunto de pantalón y chaqueta en tweed gris oscuro, sin una joya llamativa, su cabello recogido en un moño estricto. Su palidez seguía siendo evidente, pero sus ojos esmeralda habían recuperado su filo, enfocados en el negocio pendiente. A su derecha, Michele, el Consigliere, mantenía una postura impecable. Su expresión era de una profesionalidad imperturbable, aunque el leve temblor de sus manos sobre la carpeta de piel delataba el duelo personal que cargaba por la pérdida de su amigo de la infancia en Trapani.
Frente a ellos, Mirko, el abogado de la Famiglia, de origen suizo y apenas treinta y pocos años, era la personificación de la eficiencia. Vestía un traje de corte moderno en azul marino, sus gafas de montura fina y su reloj de precisión suiza marcaban su estilo metódico. Había llegado esa mañana, transportado discretamente desde Zúrich, para proceder al desagregado de los activos financieros y legales de Chiara D'Amico Valestra.
Mirko carraspeó y abrió una carpeta de cuero, iniciando la reunión sin preámbulos, su acento suizo-italiano era cortante y conciso.
Mirko dice con acento suizo: "Regina, Consigliere. Hemos completado el análisis preliminar de los activos de la señorita D'Amico. Dada la ausencia de otros herederos directos, y en concordancia con el testamento original depositado en mi despacho en Ginebra, la totalidad de sus bienes y participaciones pasa a ser controlada por usted, Leila Ferrari."
Leila asintió, su rostro inexpresivo. No había satisfacción, solo la fría aceptación de la inevitabilidad.
Michele deslizó una tableta por la mesa, mostrando un desglose financiero encriptado.
Michele dice con acento trapanés: "La transición ha sido fluida. Gianluca no tenía acceso directo a sus cuentas principales, y sus códigos de seguridad fueron neutralizados inmediatamente tras la deserción."
Mirko continuó, desglosando la herencia.
Mirko dice con acento suizo: "La fortuna legada por los padres de la señorita D'Amico, proveniente de sus participaciones en la logística naval napolitana y el private banking, asciende a trescientos ochenta millones de euros en líquido e inversiones de renta fija. Es capital limpio, ideal para la diversificación y el blanqueo."

Concepto
Valor Estimado (EUR)
Estatus Legal
Observaciones
Capital Heredado (Líquido/Fijo)
380,000,000
Limpio/Diversificable
Procedente de Nápoles (logística naval y banca).
Participaciones Ferrari (Legales)
120,000,000
Estable
Acciones en el Holding de Logística de Catania.
Negocios Offshore (Ilegales)
250,000,000
Opaco/Cierre de Brechas
Rutas en el Magreb y los Balcanes. Urge reestructuración.
Total Activo Adquirido
750,000,000
Integración en Famiglia
Incremento sustancial de las arcas Ferrari.

Leila se inclinó sobre la mesa.
Leila dice con acento siciliano: "Los negocios offshore. ¿Qué tan profundas son las rutas? Y ¿hay riesgo de que Santoro haya tenido conocimiento de ellas a través de Chiara?"
Mirko ajustó sus gafas.
Mirko dice con acento suizo, "Las rutas son complejas, señora. Se concentran en el suministro a través del Magreb y el Adriático, un área que Alessio tiene descuidada. El riesgo existe, pero la codificación era sólida. La ganancia anual estimada de estas operaciones es de doscientos cincuenta millones de euros. Es una adición vital a las arcas."

El Proyecto "Vesta" en Roma.


El abogado deslizó una carpeta gruesa con un logo elegante: un diseño minimalista de columnas romanas.
Mirko dice con acento suizo: "Hay un proyecto en desarrollo que la señorita D'Amico gestionaba en secreto. Nombre clave: 'Vesta'. Es la adquisición de un terreno en la periferia de Roma para la construcción de un complejo de entretenimiento y hotel, centrado en un casino de alta gama. El coste de adquisición y construcción inicial está presupuestado en ochenta millones de euros, pero la licencia de juego, aunque no está cerrada, está muy avanzada."
Leila levantó una ceja, la primera señal de sorpresa. El casino en Roma era un golpe estratégico a la Ndrangheta y un punto de apoyo en el norte del país, territorio tradicionalmente ajeno a la Cosa Nostra siciliana.
Leila dice con acento siciliano: "Un casino en Roma. ¿Por qué no me lo mencionó?"
Mirko dice con acento suizo, "Estaba esperando el momento adecuado, Regina. Quería presentarlo como un éxito personal, una diversificación para la Famiglia más allá de la logística portuaria. Era un proyecto que la apasionaba."
Leila sintió un pinchazo de dolor, reconociendo el patrón de su sorellina: siempre buscando la aprobación con un golpe de audacia.
Leila dice con acento siciliano: "Continúe. ¿Cuál es el riesgo legal de la licencia?"
Mirko proyectó un pequeño gráfico.
Mirko dice con acento suizo, "El contacto es fuerte, un político con influencia en el Ayuntamiento. Necesita un pago inicial de diez millones de euros para asegurar la aprobación final del uso de suelo. La inversión promete un retorno del quinientos por ciento en los primeros cinco años de operación. El riesgo es bajo, la oportunidad es inmensa."
Leila tomó una respiración profunda.
Leila dice con acento siciliano: "Michele, usted asume la gestión directa del proyecto 'Vesta'. Trabaje con Mirko para asegurar la transferencia de fondos. Este casino es ahora mi prioridad personal. Es el legado final de Chiara, y lo haremos realidad."
Michele asintió, la solemnidad en su rostro evidenciaba la magnitud de la tarea.
Michele dice con acento trapanés, "Entendido, Regina. Aseguraré el terreno y el contacto. El proyecto será un éxito."
Leila se reclinó en su silla, el peso del nuevo imperio de setecientos cincuenta millones de euros, además de sus activos existentes, se asentaba sobre sus hombros. La herencia de Chiara no era un consuelo; era munición.
Leila dice con acento siciliano: "Mirko, usted se encargará de formalizar mi posición como única dueña y de blindar legalmente todos estos activos. Necesito que sean invisibles para cualquier auditoría, especialmente para la Guardia de Finanzas. Michele, usted coordina con Dalila y Karlo la reestructuración de las rutas offshore en el Adriático. Las ganancias de Chiara se destinarán íntegramente a una cosa."
Ella miró a ambos hombres, sus ojos fríos y calculadores.
Leila dice con acento siciliano: "Aumentaremos el fondo de guerra. Alessio Santoro pensó que al quitarme a mi Consigliere me debilitaba. Él me ha dado no solo la rabia para destruirlo, sino los medios. La venganza se pagará con la fortuna de Chiara."
La reunión terminó con la misma frialdad con la que había comenzado. Mirko guardó sus documentos con precisión, y Michele se preparó para asumir el peso de un nuevo imperio financiero y un casino en Roma. El luto había terminado. La guerra de la Regina Ferrari estaba a punto de volverse obscenamente cara en todos los sentidos.
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