Relato de Morat: Regreso Inminente

No es la primera vez que esta idea me da vueltas por la cabeza, y lo sabes, lector. La idea de regresar a Madrid, de reencontrarme con buenos amigos, de recomenzar mi nueva vida en una zona que en teoría debería de estar si no libre de conflicto, si no destruida, por lo menos más en calma. Imperium siempre procuraba cuidarnos como si fuéramos unos bebés. Si es que IPS no se comió a los grupos que pretendían la rebelión, por lo menos debería de haber reconstruido su ciudad, pienso yo. Si no, les vamos a armar una protesta. Eso si vuelvo, claro está.
Al final, ya no pude más con la incertidumbre. Aquí no tenía a nadie. Allí probablemente no tendría a nadie pero me importaba muy poco, sabes? Quería tener una vida de nuevo, ser una persona de nuevo, dejar de huir de los estados como si fuera un preso político cuando lo que en realidad estudié era música. Por lo tanto y con el dinero que me quedaba, casi 30000 euros aproximadamente, decidí ponerme en marcha ya.
Llamé a Avianca Airlines, siempre hay que ser patriota. Me pedí un vuelo en primera clase. Destino, Medellín-Madrid con dos escalas. Primera clase. Tenía que darme un lujo, no? Después de estar tanto tiempo encerrado, me lo merecía.
En el viaje todo fue bien. Un típico viaje en avión, nada más. Los parloteos de los pasajeros no me dejaron pegar ojo, tuve que consumir medio frasco de calmantes por mi maldita claustrofobia pero no pasó a males mayores. Todo, en teoría, bien. Bien, hasta que descendí en el aeropuerto.
Una vez allí, tomé mi equipaje, pasé por todos los controles anticocainómanos para Latinoamérica que nos había puesto la encantadora Imperium, y fui directo a los lugares más frecuentados. En primera, a la comisaría de Moratalaz. Se veía que IPS sí que había cuidado su casa como un ave rapaz cuida el nido. Reconstruida y todo, pintaba bien. Es entonces cuando me volvió la depresión. El solo recordar que pasé días enteros encerrado en celdas de esa comisaría me hizo agachar la cabeza con arrepentimiento ignoto, con algo de temor y con quién sabe qué más cosas. Saqué el móvil. Llamé a taxi man. Un taxi me fue a recoger y me encaminé a la plaza de España. Nada más intentar aparcar, se me abrieron los ojos como platos. Nada de coches militares ni nada por el estilo. Me alegraba, en cierto modo, aunque no del todo. Todos los coches se compraban a Imperium, la pasta era entregada a Imperium y lo que recibías era un coche de quién sabe qué marca. Veía especímenes realmente raros, hasta un carro inteligente me encontré. Hasta entonces no pensaba que ese tipo de tecnología ya existía. Pero vamos, Imperium siempre es Imperium.
Ya que estaba allí, entré a la torre. Era lo que más destacaba aparte de todos los carros que cual si la plaza fuera un aparcamiento yacían descansando, panza abajo, apoyados en sus ruedas tomando el sol y la brisa madrileña.
Ni menos entré lancé una pequeña sonrisa. Era imposible evitarlo. La torre en su totalidad había sido remodelada. Algunos conserjes me indicaron que había un ascensor, que los departamentos habían sido reubicados en plantas distintas y todo el rollo. Al final encontré mi ubicación, piso 7.
Entonces, entré en el ascensor. El olor a nuevo casi me mareó pero volví a sonreír. Se veía, era muy claro que imperium quería que recuperásemos la confianza en ellos. Todo el mundo sabía que era un corporativismo más y una forma de comernos el tarro de nuevo, pero qué hacerle, no? Pulsé el séptimo botón del panel y la máquina se puso en marcha. Esperé. Esperé como siempre he hecho en mi vida, hasta que un pitido sonó, la puerta se abrió y di con un piso nada mal decorado y con algunas casas. Divisé mi Pent House.
Lo abrí con la llave que me llevé y que traje de nuevo. No me extrañó nada de lo que vi. Todo estaba muy abandonado. Cubierto de polvo, de suciedad, pero por suerte nada roto. Me senté en uno de los sofás y de inmediato comencé a tararear una de las canciones que había compuesto en Colombia. No era un ballenato precisamente, pero algo tenía de eso, sí. Me preparé un emparedado, algo ligero, y salí de nuevo.
Me topé con la plaza de España, con todos los coches que habían. Algunos se veían avejentados cuando los miré con más detalle, como el Ferrari que se notaba ya tenía años de años aparcado allí. No me acerqué. Era propiedad privada. Es más: aceleré mi paso, llamé de nuevo a taxi Man, y otra unidad vino por mí. Todavía disponía de 15000 euros sin contar lo que gasté en ciertas comodidades, en ciertos gustitos que me tomé aquí y allí. Pensé… por qué no comprar un coche? Eso si es que habían, claro. Si no, pues… nada, a seguir intentando.
Llegué al concesionario. El trayecto fue divertido. El taxista me hizo primero la pelota, y luego la conversa. Que a qué me dedicaba, que si había oído lo nuevo de Imperium e Hijos de Eva y todo el rollo. La verdad es que no, pero el tipo me puso muy al corriente. Sonreí, le agradecí, le pagué y le dije que me esperase, que si no encontraba coche que me iba a ir de nuevo a plaza España. El señor asintió.
Bajé en calle de embajadores, y caminé unos 10 o 15 metros hasta el concesionario. Había un solo coche en stock, un Migane o algo así. No se veía mal. De hecho, todo lo contrario, hasta conexión a smartphone tenía. Y lo mejor de todo, costaba casi todo el presupuesto en efectivo que había traído, como si el destino estuviese esperando mi llegada y me hubiese reservado ese coche. Lo terminé de comprar, hicimos todo el papeleo respectivo y salí. Le hice una seña al taxista para que se fuese y me miró interrogante. Vocalicé lo mejor que pude diciendo… que sí, que he conseguido coche. Gracias por todo. El hombre me sonrió y me hizo un gesto de cabeza. Aceleró el taxi y se fue sin más. Yo entré nuevamente al concesionario y vi mi coche en el patio. Me acerqué, un dependiente me entregó las llaves y todo lo demás y lo abrí.
Estaba bien, no era un lujo propiamente dicho pero tampoco una carcacha. Hasta volante hidráulico tenía. Entonces nada, conduje hasta preciados, lo aparqué allí y vi algo similar a plaza España. Esto lo estaban utilizando como si fuera un aparcamiento. Habían varios coches, entre ellos modelos lujosos y potentes. Caminé hasta la torre, no me venía mal y ya tenía coche, era lo positivo. Tomé el ascensor, fui hasta la planta 7, salí y abrí la puerta de mi Pent House. Había que hacer limpieza, eso estaba claro. Pero nada, ya la haría luego. Muchas cosas en un día. Estaba rendido. Por ahora solo puedo contar que me recosté como un perrito boca abajo en el sofá y me quedé dormido casi hasta las 7. Luego veré que pasará con mi nueva vida.
Vale. Me he levantado. He cogido nuevamente la libreta y me he puesto a retomar la historia desde donde quedó. Estaba molestando un momento con el teléfono, hasta que vi que estaban buscando un puesto en la tienda de música que abrieron y que en teoría tenía éxito. Una oportunidad de trabajo? Pensé que sí, esperé que sí. En realidad esperé que todos los años que me quemé las pestañas en el conservatorio me sirvan para conseguir una plaza. Sabía teoría e interpretación musical correcta, aparte de composición y arreglos musicales. Historia musical tenía, vamos, es lo que nos exigían para graduarnos. Y… nada, apliqué para la plaza. Ahora restaba esperar, trabajar en lo que haya y esperar, pero ponerle siempre buena cara al tiempo como dice ese refrán que siempre usábamos en Medellín.
Aquí Morat. Morat Izaza.