Punto de vista: Arais

Me miró a los ojos y disparó. Otro de esos encapuchados. Y empuñaba un AK47. Hacía mucho que no me sentía tan indefensa ante el cañón de un arma. Era un blanco perfecto, sin posibilidades. Y él disparó, dos veces. Luego se metió en el coche con el hombre que supuestamente me había liberado del loco que me había secuestrado en el centro comercial, casi a la vista de todos. Y me dejaron allí tirada, junto al río.

Eran disparos a muerte. Y podría haber muerto sin duda, pero conseguí hacerme un torniquete en una de las heridas, la más grave, antes de quedar inconsciente.

No recuerdo nada hasta que recuperé el conocimiento en el hospital. Me costó mucho abrir los ojos. La pesadez de los medicamentos me tenía aturdida, y el dolor era intenso. Pero mis sentidos me gritaban que había alguien observándome, muy cerca. Cuando logré enfocar la mirada, allí estaba él otra vez, mi secuestrador. Y me miraba intensamente, con una atención que me hizo sospechar que tal vez había murmurado algo inadecuado, como sé que me ocurre a veces cuando no soy dueña de mí, cuando duermo o estoy bajo los efectos de según qué medicamentos. Si Ben se enterara, me estaría despertando a la fuerza cada vez que murmurara algo, con un pellizco, o con un beso. Pero hacía mucho que no me sometía a un entrenamiento exhaustivo. Me consolaba la idea de que, en caso de haber hablado, lo habría hecho en hebreo, y no tenía por qué pensar que aquel tipo conociera mi idioma.

Incluso allí, rodeados de enfermeras, se atrevió a retarme y a amenazarme. Militar, me dijo que era, buen ejemplo de depravada escoria. Con cada una de sus palabras y de sus miradas lascivas, con cada una de sus amenazas iba resurgiendo en mí esa Arais que había intentado catapultar al fondo de mi propio ser. Él se estaba aproximando tanto a mí que casi sin planteármelo, presioné ese punto vital entre el cuello y el hueco de la clavícula, lo justo para enviar señales lo suficientemente dolorosas a su cerebro.

Le dieron el alta y abandonó el hospital asegurándome que volveríamos a vernos. Esta ciudad es un infierno. En cuanto salga de aquí, no habrá más titubeos. En Madrid, por lo visto, o matas, o mueres.

Consulto el periódico. El incendio de un coche cerca del Manzanares. quizás era allí donde me llevaron, pero cómo saberlo. Desde luego era un río. Hay más noticias… cambios políticos con nuevos nombramientos… Ben Curkina. El nombre me revuelve las entrañas. Ben. Habrá tantos con este nombre… Desolada, reviso mi Lifebook, mi correo. Nada. Apago el móvil y me recuesto. Necesito dormir y reponerme.

Leave Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *